Cantos - Poemas de la versión definitiva de “La guadaña entre las flores”
Autor: Ángel Padilla
Perro de Aguiño
(Dedicado al perro que murió apaleado por su “amo” en Aguiño, Galicia.)

El hombre terror te robó el aroma de las flores,
el hombre terror tiñó de sangre tu cielo,
el hombre terror hundió en ti un gran dolor,
pero sobre la hierba y a la luz del día
un ángel grabó la guadaña,
su siega de estrellas en tu ladrido helado,
el encogimiento de tu cuerpo, su caída
hacia el abismo de la pena.
Perro de Aguiño,
soledad,
soledad en un mundo de millones de habitantes,
solo en el pequeño cuerpo de un perro,
solo, solísimo y soledad y arriba de tu hocico el cielo desierto
y bajo tus pezuñas la sola tierra deshabitada,
perro-amor, perro-viento, perro-
primavera,
huye del desamor y de la muerte por la senda de flores
de los corazones de los que en verdad te amamos,
hombres-perro, hombres-
hierba que corremos a Aguiño,
a los pueblos de España, del mundo, a gritar que los animales
son bellas y sagradas manifestaciones
de la naturaleza, que todos somos Uno, el mismo, la
Vida.
Y a los hombres terror enseñaremos a sonreír
por sembrar flores,
no por pisarlas.

Perro de Aguiño,
ya nunca más tu cuerpo como un ave abatida
ni los pétalos de tus ojos
como una flor en la nieve:
todos los perros del mundo, desde todos los rincones de la Tierra,
ladran ahora hacia tu agresor
por ti.
Canción de la yegua ciega
(Dedicado a las yeguas que unos criminales dejaron ciegas disparándoles con una escopeta de aire comprimido en el lagar de los Dolores, Galicia. Algunas de ellas estaban en avanzado estado de gestación.)

Yo tenía la verde hierba bajo mis patas.
Yo tenía el cielo azul sobre mi crin.
Yo tenía rodeándome montañas.

Ahora ya no tengo nada.

Yo tenía bajo el sol una alegría de viento.
Yo tenía entre las flores un salto de ángel.
Yo tenía bajo las nubes fortaleza de yegua.
Y tenía llegando por mi adentro un caballo.

Ahora ya no tengo nada.

Ahora tengo la noche ante mi hocico
y tras de mí la noche y sobre mí la noche
y en el día la noche y en la noche la noche.

Yo tenía  unos ojos que bajo el cielo corrían
mientras yo corría.
Ahora sólo tengo la noche y esos ojos
no los veo.

Yo no tenía esta soledad, yo no soy yo en este hospital
sin ventanas ni visitas, yo no soy yo en esta herida
negra, en este llanto negro sin abrazos ni palabras.
Yo tenía una yegua y un monte
y unas patas y un relincho,
yo tenía un salto y una alegría y unos ojos,
tenía un potro pequeño en mi vientre
corriendo cada día más grande hacia la luz de la hierba
y ya no lo oigo.

Yo tenía un potro inmenso viniendo a la hierba. Tenía la luz.
Tenía una yegua y flores y tenía la alegría.

Ahora tengo la noche
y la noche y la noche
y la noche...
200 caballos de fuego
(Dedicado a los 200 caballos que murieron en los incendios provocados en agosto de 2006 en Galicia.”)

No eran las lágrimas,
ese grueso hielo caliente
encajado en tus ojos y rodeando tu cuerpo
como una estatua de agua, lo que te impedía escapar
del dolor.
No eran los edificios del fuego,
la opresiva ciudad
del fuego, las grandes y apretadas fincas del fuego
en que devino el monte, sus altas paredes de llamas
las que te impedían huir
del dolor.
Tampoco era el hirviente dolor que subía
de tus pezuñas a la crin
como lava de volcán por dentro del hueso
el que anclaba tu galope hasta la hierba sin llama.
Eran las cadenas,
era ese asfixiante zulo de grilletes y cadenas
donde el hombre naufragaba tus patas, encadenaba
las aves de tus ojos a tu cabeza, que, triste,
ya no era de aire ni tu cuerpo de viento entre las copas,
y el rayo de tu relincho caía hocico adentro
ahogando su luz en tu garganta
cuando abajo las cadenas arrastraban
su fría carcajada de eslabones.
Y ahora atado a la tierra
roja de llamaradas aún más altas que las crines rojas,
por la escala del fuego llegó al limpio cielo azul
tu triste figura muy cambiada en un galope inmóvil
que enloqueció al viento y mayor fue la llama
en los bosques de Galicia, ascendidos de caballos
rojos, ocres, hinchados como vaciados de caballo,
y en el suelo decenas de cascos invisibles golpeando
enloquecidos
y polvaredas de ceniza de hocicos negros intentando aún
comer hierba entre el hollín,
entrar o bufar aire desde pulmones
inexistentes: ser,
y en las nubes un silencio que dentelleaba de miedo
y en los caballos vivos de todo el mundo
una aflicción, un asco al agua, al aire, a mirar las cosas,
imantados al suelo en una negra depresión
que sus cuidadores no entendían
y que sólo invitaba a llorar
a caballo y a hombre.
Siempre Paula
(A Paula Juncal, defensora de los animales.
Y a todos los animalistas como Paula.)

Y allí Paula,
señalando el primer brillo
de la hoz
sobre cordilleras de lomos.
Y allí Paula,
una más en las manifestaciones animalistas,
antipieles, antiexperimentación...,
una flor más y a la vez toda la primavera.
Siempre Paula,
a pesar de su propio dolor,
de su extenuante día a día,
a pesar de su piel de pétalo
y del pájaro frágil de su pecho,
allí Paula, infatigable Paula.
Y allí Paula, allí, siempre allí
donde la sangre cae sin abrazos,
donde el dolor sin boca ni eco,
donde para la lágrima no hay paños,
donde los mugidos helados en el aire,
donde las estatuas, el hielo, el frío,
Paula,
Paula
donde las patas doblegadas de animales enormes
que caen como ceniza,
donde los ojos sin mirada,
donde las jaulas y el viento detenido,
aguantando el llanto,
en pie,
señalando herida
y puñal,
Paula.

Siempre Paula.