Mi fiel amigo por Tatiana y Meliana Lostorto
Dedicado a la protectora de animales “El Refugio”
Hace muchos años, en un terrero de Holanda, vivió un indio llamado Patanajuma. Era un hombre solitario. Vivía en un rancho de lata en el poco popular pueblo de Grutemberg. Su sueño era tener un pueblo para el solo en el que pudiera hacer y tener lo que quisiera. Era un hombre libre y un soñador, con aspecto un poco descuidado. Le gustaba tirarse en las suaves pasturas de su terreno en la noche para ver las estrellas. Vivía en Holanda, porque sus padres habían huido de la tribu Ranta, pero los de la tribu los alcanzaron y mataron. El pequeño sobrevivió.
Creció solo, sin ningún amigo. Un día salió a caminar sin un rumbo seguro. Sintió unos delicados aullidos que lo dirigieron hacia un caballo herido. El hombre, con poca experiencia, puso sobre él su ropaje de cuero de vaca y alcanzó al animal un poco de agua proveniente del arroyo más cercano. Encendió una fogata e hizo un ritual curativo. Estuvo muchos días acompañándolo hasta que el caballo se puso de pie y salió a caminar. El hombre se sorprendió por tanta belleza junta. El animal, agradecido, se inclinó entonces para que Patanajuma subiera sobre su lomo. Juntos salieron en busca de una aventura. Luego de una larga caminata llegaron a un desierto lugar donde solo encontraron una pequeña y humilde manzana. El caballo, al que el indio había bautizado “Lino”, inclinó su cabeza y empujó hacia Patanajuma la manzana.
Entonces el indio dijo con una suave voz: “Tú también mereces comer, pues tú eres mi fiel amigo, el que me acompaña eternamente y el que agradece enternecido una pequeña caricia”.
Entonces, dividieron la manzana y la comieron.
Esa noche el indio, contó a Lino su sueño de tener un pueblo para el solo y poder hacer lo que quisiera.
A la mañana siguiente siguieron caminando y encontraron una especie de paraíso, radiaba de agua, peces, madera, vegetales, y un paisaje hermoso. Estaba desierto.
Por fin Patanajuma cumpliría su sueño. Días después de felicidad en el paraíso, el indio sintió unos ruidos extraños cerca de los matorrales.
Se acercó y de pronto, una pantera se le abalanzó. Lino se había dormido, pero con los rugidos despertó. Salió al galope hacia el lugar donde el indio luchaba con la pantera. Lino se abalanzó y logró ahuyentar a la pantera.
Patanajuma había sufrido apenas algunos rasguños. Por suerte en todo un año hubo paz y tranquilidad.
El viejo indio, le confiaba todo a Lino y le dijo también que el jefe de la tribu que había atacado a sus padres se llamaba Zevach.
Unos días después Patanajuma fue atacado por él mismo. El indio, que ya estaba bastante viejo, no logró sobrevivir.
Zevach secuestró a Lino y lo encadenó pero al final el caballo logró solo soltarse y escapar.
Camino al paraíso Lino fue pensando esto: “Muchas cosas me duelen. Naturalmente, lo que me duele, es desprenderme de lo que dejo. Es como sacarme un pedazo de mí mismo.
Cuanto más distintos son los paisajes que voy intercambiando, me voy acordando de mi único amigo fiel.
Siento la pérdida de las grandes distancias. Un ahogo, que me entra por los ojos. Como si de golpe me quedara abandonado y solito. Un vacío que me llega al alma es este. Llegó al paraíso triste y sin encontrarle ninguna clase de sentido a la vida, hasta que después de caminar un rato, notó la presencia de algo. Fue a ver lo que era y se encontró con una hermosa yegua amarronada. Ella lo miró con cara de asombro y pareció que se gustaron.
Días pasaron hasta que descubrieron el verdadero amor. Luego de unos cuantos meses, Lino y Lluvia (que así se llamaba ella), tuvieron 2 pequeños potrillitos. La pequeña se llamaba Tana y el pequeño, fue bautizado Patanajuma en honor a su amigo fiel, que en paz descanse.
Junto a todos los caballos del paraíso formaron una manada. Hay que saber que siempre que se pierde algo, se recupera por otro lado.