Viejo, mi querido Viejo de César di Candia
Aún en plena devastación, anclado a la silla de ruedas y con la lengua amarrada, el viejo pudo percibir que en la penumbra, la pieza parecía flotar y que el aire olía a encierro y a cuerpos en derrota.
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César di Candia nació en Florida en 1929. Escritor, periodista y humorista, publicó cuidadas antologías con sus extensos reportajes. Entre sus libros destacan El Evangelio según Lucía (1966). Bochonerías y otros jolgorios (1971), Ni muerte ni derrota. Testimonios sobre Zelmar Michelini (1987), El país del deja, deja (1996), o La Paloma. Una historia con nombre de pájaro (2004), El cuento que aquí se reproduce es inédito.
Fuente: El Pais Cultural Nº 1020 Página 12 -12 de junio 2009
También respiró sin proponérselo, el polvo en suspensión que se precipitaba contra los visitantes como defendiendo su intimidad.
Condenado a la soledad y el aislamiento, parecía haber ganado el derecho a la permanencia, al retozo, a engendrar otros polvos que nacían tan irrespirables como sus padres.
El hombre del traje de alpaca también alcanzó a notarlo, pero su ánimo no estaba ni para discernimientos ni para prejuicios.
-Aquí vas a pasarlo muy bien, papá -fantaseó pensando con fastidio que antes de volver a su casa a aprontarse para el viaje, debía pasar por el dentista-. Mucho mejor que en casa.
Al viejo lo abrumaban sus cansancios pero el de tratar de recordar era el peor. A veces, lo vivido llegaba hasta él como una levísima niebla pero tan exhausta que a través de ella y muy fugazmente, apenas percibía rostros casi perdidos y disculpas nunca dichas que atravesaban el tiempo, cubriendo de angustia las orillas de su memoria.
-¿No es verdad, señora? --agregó el hombre buscando apoyo en la directora del hogar, que sonreía desde un hueco bucal. Tenía el cabello erizado de maripositas de papel y pequeñas guirnaldas de transpiración le daban al bozo un aire de almacigo regado con un aspersor.
El nuevo huésped del hogar observó sin curiosidad su entorno. El derrame cerebral le había dejado un ojo inexpresivo y rígido, que miraba con la misma vida interior de un huevo duro. Luego de bogar un tiempo sin destino, una involuntaria sonrisa le había quedado fondeada en el costado izquierdo de la boca.
-¡Por supuesto! Esto es como una gran familia, abuelo.
La señora era de las que creía que la palabra "abuelo" jerarquizaba a las personas de edad más allá de sus merecimientos, como si esa condición las pusiera en estado de gracia.
-Come de todo, ¿verdad?
-Va a tener que averiguarlo. Ya le dije que después que falleció mi madre, quedó a cargo de una señora. Pero ella se fue y ahora no consigo a nadie. -Bajó la voz como repartiendo complicidades-. El asunto es que pasado mañana me voy a trabajar al exterior y no tengo con quién dejarlo. Le voy a dar un cheque que cubra todo un año.
-¿Y si usted no vuelve?
-No se preocupe que de un modo u otro le enviaré el dinero.
-Se lo voy a agradecer. Pero se imaginará que no puedo hacerme responsable.
Se encogió de hombros y recordó a un viejito que le habían dejado de clavo.
-Siempre son un problema.
-Me hago cargo. Va a tener que bañarlo y cambiarle los pañales.
-No se preocupe que para eso estamos. Disponemos de personal especializado. -La señora pensó en su hermana y en la esposa de su hijo que gracias a su empresa habían dejado de ser empleadas domésticas. Luego decidió que su obligación comercial la obligaba a ser solidaria y reflexionó en voz alta, suspirando con todo el vientre. -¡Son cosas de la vida!
En realidad nunca había sabido en qué consistían verdaderamente las cosas de la vida, pero le gustaba tenerlas cerca, porque invocarlas solía sacarla de apuros.
-Va a tener dos compañeros más de cuarto. Son mayores que él pero están muy bien.
-Mejor, así conversan.
El único ojo medio lúcido del viejo lo miró con un brevísimo destello de extrañeza.
-Salvo que quiera una habitación privada...
-No va a hacer falta -el hombre apuró su respuesta, temiendo enfrentarse a nuevos dilemas morales-. Así va a estar más entretenido.
-Como usted quiera. Acá atendemos a todos por igual. Hay dos baños, la comida es buena y todos los domingos les hago arroz con leche.
Se dirigió a su nuevo pensionista, enarbolando su hueco dental.
-Mi nombre es Gricel, como el tango. ¿Se acuerda? Era de su época -alardeó. A la dueña del hogar, tener un nombre de tango le parecía un raro privilegio.
-Bueno, viejo -dijo su hijo dándole un abrazo. La ceremonia le dolía y terminarla rápido seguramente le podría aportar algún alivio-. Pórtate bien. Ya te expliqué que me tengo que ir a trabajar, pero te vendré a ver tan pronto pueda.
La mentira quedó suspendida en el aire unos instantes, se sacudió un ratito las plumas y por fin cayó. Con oficio, la señora la recogió antes que cesaran sus temblores.
-Venga a visitarlo cuando quiera- le guiñó un ojo sin importarle si el huésped la estaba observando. Existe una frontera indefinida, transpuesta la cual los viejos dejan de juzgar, en el que las palabras que flotan a su alrededor son como lloviznas silenciosas, que caen sin mojar.
La señora empujó el sillón de ruedas hasta la puerta para que apreciara el gesto fraterno del hombre de traje de alpaca, que desde el auto le decía adiós con la mano. Por un instante, éste pensó en el arroz con leche de los domingos. Luego, arrancó.