EL ASNO                                           
                                                              

                                                                               
                                                                                           

“Asno del pesebre donde el Señor vino al mundo cuando era niño, yo te quería y te admiraba. Eras, en aquel espectáculo, el personaje que me hacía pensar. Iniciación preciosa que te debo. Por amor a ti, por la caridad y compasión con que me inundabas el alma, me hiciste concebir los primeros asomos  de duda sobre el orden y arreglo de las cosas del mundo, y aún sospecho que, por este camino, me llevaste, con inocencia de los dos, a los alrededores y arrabales de la herejía.

  Verás cómo. Yo, prendado de la gracia inocente y dulce que hay en ti - y que no suelen percibir los hombres, porque se han habituado a mirarte con la  torcida intención de la ironía - me  interesaba por tu suerte. Viéndote allí, junto a la cuna de Dios, me figuraba que te era debido algún género de gloria. Entonces preguntaba cual fue tu destino ultra telúrico, y me decían que para los asnos no hay eternidad. Para los asnos no hay en el mundo sino trabajo, burla y castigo, y después del mundo, la nada... La Nueva Ley no modificó en esto las cosas. El sacrificio del Hijo de Dios, no te alcanzó. De poco te valió estar presente en el nacimiento del Señor, ni más tarde llevarlo sobre tu lomo en la entrada de Jerusalén, entre palmas y vítores. Ni mejoró tu suerte en la tierra, ni, lo que es peor, se te franqueó el camino del cielo. A mí, este privilegio de la promesa de otra vida para el alma del hombre, con exclusión de la candorosa alma animal, capaz de inmerecido dolor remunerable y capaz también de una bondad que yo no había aprendido todavía a discernir de la bondad humana, porque aún no había estudiado libros de filosofía, se me antojaba un tanto injusto y me dejaba  triste.

¡Cómo! El perro fiel y abnegado que muere junto a la tumba del amo acaso torpe y brutal; el león hecho pedazos en la arena infame; el caballo que conduce al héroe y participa del ímpetu heroico; el pájaro que nos alegra la mañana; el buey que nos labra el surco; la oveja que nos cede el vellón, no recogerán siquiera las migajas del puro festín de gloria a que nos invita el amor de Dios después de la muerte...? De esta manera me acechaba la pravedad herética tras el retablo de Navidad.

   Quedábamos en que para ti no hubo Nochebuena. Asno amigo: pero siglos después estuviste a dos dedos de la redención. Un paso más y te ganas los fueros de la inmortalidad, con el suplemento de alguna tregua y alivio en tu condición terrena. Fue cuando, en humilde pueblo de la Umbría , apareció aquel hombre vago, y tal vez loco, que se llamó Francisco de Asís. Venturoso momento! La piedad de este hombre se extendía como los rayos del sol sobre todo lo creado. Sentía, presa de exaltadas ternuras, su fraternidad con las aves del cielo, con las bestias del campo y hasta con las fieras del bosque. Hablaba amorosamente del Hermano Lobo, del Hermano Cordero y de la Hermana Alondra. Era como el corazón de Cristo rebosando de su amor por nosotros y derramándose sobre la naturaleza. Parecía venido a predicar un Testamento Novísimo ante el cual el nuevo pasase a viejo. Yo creo, y Dios me perdone, que a él también le acechaba la herejía! Pero se detuvo, o no lo comprendieron del todo, y la naturaleza siguió sin Nochebuena. Tú, Asno hermano, perdiste con ello tu redención, y acaso no perdimos menos los hombres.

   ¡Ah, si el dulce vago de Asís se hubiera atrevido...!”
SOBRE EL ASNO
 
Es común que se utilice el vocablo “burro” para tratar de desmerecer a alguien por su escaso nivel cultural, por actitudes o frases torpes, o porque, momentáneamente, no comprende algo con rapidez. Aprendemos esa expresión desde pequeños y la incorporamos a nuestro vocabulario, imitando lo que oímos. Todos lo hemos hecho alguna vez. También yo, naturalmente, pero, confieso que al pronunciar esa palabra, sentía un dejo de pudor; algo así como una lucecita amarilla de prevención se encendía dentro de mí.
Un día, un amigo - profesor de literatura - me hizo conocer uno de los textos más entrañables que se han escrito sobre un animal, en este caso sobre el burrito. Hoy quiero compartirlo con ustedes y estoy segura de que se estremecerán de ternura por ese humilde y noble animal. Cada vez que, inconcientemente vayan a repetir el “insulto”, hurgarán rápidamente en sus mentes buscando algún vocablo sustitutivo para adjetivar a quien queremos desmerecer realmente, pero ya jamás le diremos a nadie “burro”: no lo merece ni el ser a quien intentamos descalificar, ni al manso y tierno asno.
artículo de Raquel Gutiérrez Lorieto
de José
Enrique Rodó
España, país bárbaro y extremadamente cruel por el trato que da a los animales, cuenta, sin embargo, con minorías sensibles que luchan por los Derechos de los Animales. Un ejemplo es EL REFUGIO DEL BURRITO,  en Murcia, donde se les da hospedaje a burritos que han sido maltratados.

                                 Raquel Gutiérrez Lorieto