La enfermera Pingüino les preparó una valijita de primeros auxilios, hecha con un caparazón de tortuga pintado de blanco con una cruz roja. Guardó unas cuentas dosis de vacunas, medicamentos, una jeringa, un termómetro, unas pomadas con cartelitos, varios paquetes de algodón, vendajes y hasta un estetoscopio.

Cuando ya estaban casi prontos, Ballena aprovechó para vacunarse.

¿Se imaginan? ¡No había forma de encontrar una aguja para darle la inyección! Su piel gruesa las rompía. Al final, en lugar de un pinchazo, le dieron la vacuna en una pastilla para disolver en la boca. El que quedó muy enojado fue el Pulpo.

¿Y a mi por qué no me dieron la vacuna en forma de caramelo, eh?- protestó, mientras tomaba para sí el cuidado del botiquín y por supuesto, jugaba con el estetoscopio auscultando a cuanto animalito pasaba cerca.

Lobito ayudó a Ballena a guardar la escama de celacanto en la mochila. La brújula la llevaría el pececito Andrés, junto con las cartas marinas, mapas y un cuaderno para dibujar. El caballito Carlos cargaría con su libro y la lupa.

Estaba listo.

Se despidieron de sus padres y de Delfín. Cuando Ballena inició la marcha, comenzando a nadar con un fuerte sacudón de su cola, todos la siguieron. Pulpo quedó último. Tanto jugar al doctor, pero nadie temía perderse. Ballena podía volver al Sur con los ojos vendados. Era su camino de todos los años.

A medida que fueron transcurriendo los días, el agua se iba poniendo fría y el viento aumentaba.

De vez en cuando, el pececito Andrés y sus amigos se sumergían hasta alcanzar el fondo del mar, pero cada vez quedaba a más profundidad y les costaba mucho llegar.

Cuando Ballena y lobito subían a la superficie para respirar, lo que más les llamaba la atención era la fuerza del sol y el color violeta del cielo en el horizonte, tras una niebla gris.

Al tercer día, las corrientes marinas fueron remolinos.

- No se preocupen - dijo Ballena al notar el nerviosismo de sus amigos-. Estamos en un lugar en el cual la llamada "Corrientes de las Malvinas" forma como una "curva" y luego se dirige directamente hasta la Antártida, en el Polo Sur. Déjense llevar.

Efectivamente, al poco rato ya no hubo más turbulencias y avanzaban ayudados por la fuerza del agua.

El Pececito Andrés ubicó la posición de la expedición, tomó anotaciones en el cuaderno y marcó el lugar en el mapa, asombrado de la profundidad que la carta marina indicaba. ¡Doscientos metros!. A partir de ese momento, ya no intentaron llegar hasta el fondo. Nadaban en el inmenso Océano Atlántico.

Con un misterioso cielo morado, un viento cada vez más fuerte y un frío profundo, nuestros amigos seguían su viaje.

Cuento perteneciente al Libro:
El Pecesito Andrés y el gigante de los mares del Sur - Aventuras en la Antártida del Dr. Óscar López Goldaracena
Página 22
Cuento Viaje a la Antártica
del Dr.
Óscar López Goldaracena

Los padres de nuestros exploradores ayudaron, como en otras expediciones, en todos los preparativos. Llenaron bolsas con comida y, fundamentalmente, con mucho pero mucho abrigo, gorros, guantes y bufandas.
El viejo Delfín les prestó la lupa. El caballito Carlos llevaría su libro, que acostumbraba leer día y noche.

Hay que estar informado de lo que uno busca- les comentaba a sus amigos.

El pececito Andrés, lobito y el cangrejo Ramón armaron linternas con cáscaras de huevo de caracol rellenas de noctilucas, que, al agitarse, daban una preciosa luz.