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Me sentí adormilada, miré a los costados, todo estaba tranquilo y sin peligro.
La tarde daba para dormir.
No sé cuánto tiempo dormí. Un ruido de pronto me hizo querer correr. No sé que pasó pero no pude. Ese lento despertar y liberarme, me daba la pauta clara que era verano, enero rajando piedras, todavía embotada me arrastré.
Tenía la boca seca, los labios hinchados. Me sentía muy débil. Mi cuerpo cada vez respondía menos. Llegué hasta el agua, abrí la boca y mojé mis labios, el agua curará todo, el agua...
Creo que me desmayé. Cuando desperté, vi a mamá que gemía herida, cerca de mí. Papá ya no miraba. El animal en dos patas tenía garras de fuego.
No nos quedaba tiempo. Lo último que vi fue el agua.
Sin embargo, ese día me desperté con la certeza de que lo soñado era verdad. Estaba acostada en la cama de un sanatorio. Me habían herido. Tenía una bala en el hombro y otra en la cadera.
Me operaron y cosieron. Estuve en coma una semana.
A Diego lo llevaron inconsciente y lo tuvieron preso en una cama.
Por fin dejé de ser la presa acorralada de mis sueños.
Pasaron diez meses. Fui a verlo a la cárcel.
No me miró. Sentía que ya habíamos pasado por eso, pero en esta vida el tiempo me brindaba la oportunidad de perdonar al cazador, ahora herido, purgando sus muertes.
Me fui de la cárcel con más pena de la que ya traía.
De ahí en más dediqué mi vida destrozada a sentir angustia, convirtiéndome en una pesimista. Esa era yo, hasta que conocí a Britos, el “viejo Britos” de sólo 48 años, con su sangre india y criolla, arrugas patentadas y rubricadas por el sol y el frío de la cosecha.
El encuentro fue en la plaza de Rivera, Britos caminaba hablándole a compañía, 5 o 6 perros de variados tamaños, ordenaditos para seguir al hombre sabio.
Nos topamos y hablamos. Le conté mi drama.
Cuando terminé mi relato, me miró un buen rato y dijo:
“Por su historia, veo m´hija que ha sufrido mucho, pero no le de tantas vueltas a la taba, que así solo se marea. ¿Usted es sola? Yo también estaba solo, escuche esto”...
Entonces me contó su plan, “Marcharemos hacia Montevideo, a defender a mis pequeños hermanos” (mientras lo decía me señalaba a sus perros).
“Pero hombre, ¿sabe cuántos kilómetros son?”
“No sé y mejor no saberlo, ¿me va a acompañar?”
“¿Con la cadera así? para la capital, son como quinientos kilómetros”.
“Bueno, me alcanzarán dos meses. Porque los vaguitos merecen ser oídos, m´hija”.
Yo no pude acompañarlo, pero el Botero (no sé porque le dicen así) fue con él, me dejaron encargada de los casi cien perros que habían juntado entre los dos. Duro destino el mío.
Y partieron al grito de: “¡Al palacio!, ¡Al palacio!” cual gesta heroica. Dos hombres locos a los que acompañaban 7 cachorros en un carro de supermercado.
De cuando en cuando, paraban a buscar en la basura. La gente les iba acercando alimentos. “No, mire doña. No pedimos para nosotros, son estos pequeños méndigos que lo necesitan”.
Los pobres llegaron a la capital, y en eso que llegaron, tuvieron por primera vez un techo para dormir, en un galpón abandonado. Lo de techo es un decir, porque precisamente no tenía.
Llegando al Palacio, tuvieron suerte porque los hombres que se reúnen allí, estaban por sesionar. Además ya se sabía que venían, y el porqué. Algunas personas dieron parte a las sociedades de protección animal, así que había algún que otro activista, carteles y curiosos.
Algunos les gritaban “héroes, héroes”.
Britos se encargó de despejar dudas. “Venimos a hablar con los parlamentarios, “los decididotes”, a pedir por los vaguitos”.
Cuando desde adentro del Palacio Legislativo ‘los decididores’ vieron que se habían juntado unas cuántas personas y estaba la prensa, salieron y se arrimaron y decían cosas tales como:
“Creo que se deben hacer dos cosas: una sería hacer una campaña para que se adopten a los perros, para que se termine esa idea de matarlos; y la otra es esterilizar a las perras”.
“También hay que enseñarles a los niños el cuidado de los animales, que es una gran enseñanza para la vida”.
En relación con la Ley de Protección Animal, alguno precisó: “Se debe pedir al Gobierno que a dicha iniciativa se le de un trato especial de urgencia, o sino va a ser una simple ilusión”.
Britos no le quería hablar mucho a la gente con micrófono para no ser él la estrella. Quería que los que tenían que decidir, decidieran, o los que tenían que hacer, hicieran.
Lo único que les dijo fue: “Yo soy un hombre pobre y me ocupo de los pobres, de los animalitos sin dueño, los más desamparados. Para que tengan un poco de protección y no haya más maltratos, apurones, ni muertes”.
Botero se acercó a Britos y le dijo: “¿Le parece que nos van a dar bola?”
“No importa, antes de venir, usted sufría del corazón y no podía inquietarse y mire el revuelo que armó y yo tenía dos semanas de vida y acá estoy con dos meses de caminata y si no nos dan bola, vamos y volvemos, pa’ que vean de vez en cuando que existimos”.
Y dieron vuelta, para volver “a patita” en otros cuatro meses, dos de ida y dos de vuelta.
Cuando volvieron, mis pesadillas me habían dejado. Se fueron 32 años de dolor en 4 meses.
Ahora me entretengo con los cuentos de sus idas y venidas, con los resultados que podrían tener en la capital sus gestiones, ya no miro mi vida como un duro karma que se cumplirá.
Puedo ayudar a otros. No importa a quien, no hay que ser selectivo.
A quién sea.
Patrizia D’Ambrosio
Cuento publicado entre otros cuentos de autores varios en el libro "Pájaros en el espejo". Ediciones Ideas. Noviembre 2003 ISBN: 9974-627-61-3
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(Inspirado en Sergio Ríos y Alan Araya quienes llegaron al Congreso Nacional en Chile a pedir por los perros vagos, Sergio sufre del corazón y Alan tiene cáncer terminal).
Allá donde los sueños y la realidad se confunden...
Sentía una paz en mi vida que jamás había experimentado, la sensación de flotar y ser una con la naturaleza. Gorjeos de pájaros y palomas arrullándose.
La tibieza de la mañana, jugaba en el pasto y olía las flores.
Un día más en el campo. Comí y tomé agua.
Vi pasar una bandada de pájaros.