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7 junio, 1915
Mamita mía,
Trata, si puedes, de no llorarme mucho. Piensa que, aún si no vuelvo, no por esto muero. Él, la parte inferior de mí, el cuerpo, sufre, se agota, muere. Yo no, yo, el alma, no puedo morir, porque he nacido de Dios y a Dios debo volver; he sido creado por la alegría, y a través de la alegría que está en el fondo de cada dolor, a la alegría eterna debo volver. Si algún tiempo fui prisionero del cuerpo, no por eso soy menos eterno; mi muerte corporal es una liberación, es un principio de la vida verdadera; es el retorno al infinito. Por esto no me llores. Si piensas en la inmortal belleza de la idea de que mi alma ha querido sacrificar mi cuerpo, no llorarás. Y si tu corazón profundo de madre llora, serán lágrimas sagradas para mí, porque son santas, siempre, las lágrimas de una madre: que Dios las cuente: serán estrellas para tu corona. Se fuerte, mamita. Desde aquí hacia allá, dale mi adiós, a ti, a Papá, a mis hermanos, a todos aquellos que amaron a tu hijo, que entregó su cuerpo para combatir a quienes quisieron matar la luz.
Enzo
Carta de Enzo Valentini, soldado voluntario de guerra a su madre
Traducción: Patrizia D'Ambrosio