MIENTRAS ARDE LA VELA                       
                                                                          de Jaime Barylko









 





El sol se ponía detrás de legendarios bosques. El Rabí caminaba lentamente hacia su casa. Por la calle observó una ventana abierta. El zapatero estaba sentado junto a su ventana. Frente al zapatero ardía una pequeña vela. El zapatero estaba encorvado sobre sus zapatos y tenia los ojos completamente absortos en la labor remendadora. El Rabí se detuvo a observar.

Vio a la mujer que se acercaba a su esposo y le sugería que abandonara el trabajo pues ya había oscurecido. El zapatero levantó la vista y la suspendió en la trémula llama de la vela y respondió:

-Mientras arde la vela hay tiempo para remendar.

El Rabí se había detenido junto a la ventana y había presenciado la escena y el diálogo.

El Rabí tornó a caminar. Su alma se agitaba ahora en grandes conmociones cósmicas. La verdad lo había deslumbrado. No fue a su casa. Corrió a la casa de estudios, como si una necesidad urgentísima lo apremiara.

Los muchachos lo miraron, extrañados. ¿Qué le pasaba al maestro? Parecía trastornado. Se paró delante de ellos y dijo, con vos agitada, temblorosa:

-Mientras arde la vela hay tiempo para remendar. Esto lo aprendí de un pobre zapatero remendón. Y vine a contarles, porque es la gran lección de mi vida.

Y luego se fue, como el viento que lo había traído. Y ellos comprendieron. Y también ellos se estremecieron ante tamaña y sencilla verdad.

Mientras la vida late en venas y sienes nada está perdido, todo es remendable, todo es perfeccionable. Era la gran lección aprendida de un mísero zapatero.

Mientras arde la vela, arde el tiempo. Consumir la luz para dar a luz. Consumar la luz.

Mientras arde la vela cabe arder frente a ella. Arder en el ardor. Velar el tiempo y el paso de las sombras. Vivir encorvado sobre zapatos y pies gastados por el tiempo. Remendar, enmendar.

¿Podrá acaso recuperarse la piel? ¿Podrá acaso renacerse en vida? ¿Habrá luz que no arda? ¿Habrá calor que no consuma? ¿Habrá amor que no hiera?

Mientras arde la vela todo es posible.

Mientras tiembla la luz se puede ser gusano, crisálida, mariposa. ¿Qué resta del ardor de la vela? Gotas cérulas al pie de la vela; resabios arenosos al pie de los pies.

Pero, ¿por qué pensar en el resto? Iluminar, iluminarse, sin restos, sin residuos, sin balances. Recoge las rosas. Hay tiempo, siempre hay tiempo. Yemas que arden no perciben espinas. Mientras arde la vela.

Mientras arde la vela, la vela está a la sombra. Está asombrada. Sucesión de remiendos. Separación de vacíos intermitentes.

Mientras arde la vela, la puesta de sol es un nimio accidente que puede destilar belleza. Pero también la ausencia del sol y la presencia de tu luz interior, la que tú confeccionas como zapatero remendón de la existencia.

¿Cómo puede rezumar belleza esta existencia hecha de remiendos? Dadme una ventana y se iluminará el mundo en mis ojos.

Mientras arde la vela un hombre puede ir rumbo a su casa y desviarse del rumbo preestablecido para hallar el rumbo de lo inesperado y verdadero. Entonces un hombre sigue su rumbo pero ya sabe la verdad, y sabe que la verdad es propiamente lo inesperado. Entonces el azar se torna destino. Entonces los ojos están ya estrechamente hermanados con todas las ventanas y con todas las velas del mundo.

Entonces ya no hay ponientes, ya no hay bosques, ya no hay remiendos. Porque en cualquier frase puede ser hallada la verdad suprema y última.

Un hombre camina absorto. Hay tiempo, un tiempo fuera del tiempo, un tiempo que es incienso de mariposas consumadas en luz. Un tiempo con aire de alas y vientos tersos.

Mientras arde la vela es factible descubrir el ardor del ser uno mismo luz, calor, fuego, agonía, rumbo, desvío, amor, herida, consumación.

Caminar siempre junto a una ventana, que mientras ardan los ojos del mundo jamás dejará de ser un incendio de esperanzas.

Extraído de “Cábala de la Luz” de Jaime Barylko
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