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LAS DOCE PUERTAS DE ALQUIMIA de Georges Ripley

Al Rey Eduardo IV

Oh Rey muy honrado, valeroso y muy virtuoso Soldado, que estáis abundantemente lleno de fuerza y de gracia, que sois el protector de Inglaterra, y el defensor de su derecho y de sus leyes, en lo que es evidente que sois claramente amado por Dios. Es por lo que me parece que este reino está todo él renovado en alegría, en riquezas, en paz y en caridad, puesto que vuestras antiguas calamidades se han disipado en el presente, uy nos queda una gran esperanza de alegría y de consolación para el porvenir.

Y puesto que yo quiero por razones evidentes que Dios os acompañe, puesto que vos sois piadoso, que aborrecéis el pecado, que no podéis sufrir los malvados, y tomáis un particular cuidado de los Pobres; sería una gran desgracia para la República y para este Reino, si vos no fuerais arrebatado por una muerte anticipada y prematura; pues por ser tan feliz no os volvéis más altivo ni orgulloso de las ventajas y de las prosperidades que os llegan; y asimismo no se ve que vos queráis vengaros de las injurias que os han hecho.

Lo cual habiéndolo considerado en Vuestra Excelencia, me siento invitado a hacerle conocer sin agasajos, las estima y al amor que concibo por Vuestra Majestad, a este efecto he resuelto dejarle por escrito una cosa que podrá serle muy útil.

PRÓLOGO

Al principio Dios creó todas las cosas de la nada, en una masa confusa que contenía en sí todas las cosas indiferentemente, de la cual, hizo una clara distinción en seis días.

Y debe ser así en nuestro Magisterio, pues tiene su fuente en una sola cosa; también los Filósofos lo llaman pequeño mundo, uno y triple, Magnesia, Azufre y Mercurio, proporcionados por Naturaleza.

Algunos se maravillarán de una cosa tan admirable, y preguntarán qué puede ser nuestra Piedra, puesto que los Filósofos dicen que los pájaros y los peces nos la traen, que todos la tienen, y que está en todos sitios, en vos, en mí, y en cada cosa, y en todo tiempo. A lo cual yo respondo que es ciertamente Mercurio, no el vulgar que se vende en las tiendas, y que se llama Plata viva, sino un Mercurio sin el cual nada puede ser. En lo que todos los Filósofos están de acuerdo, es por lo que los ignorantes nos acusan erróneamente, cuando dicen que lo ocultamos.

Pero son dignos de censura ellos mismos, puesto que siendo ignorantes, se enredan en la Filosofía.

He aquí por qué si no conoces nuestro Mercurio, y dónde debes buscarlo, guárdate bien de emprender nuestra Obra. Pero si me crees, yo te enseñaré cuál es este Mercurio, que te es tan oculto y tan necesario, no te ocultaré nada de él, ni te engañaré en nada; pero se encuentra más próximo en algunas cosas que en otras.

Pon pues atención a lo que yo te escribo pues si no llegas a su conocimiento, yo no seré la causa, puesto que te enseñaré la verdad, que es: que hay tres Mercurios, que son las llaves de esta Ciencia, que el gran Raimundo Lulio llama sus Menstruos, sin los cuales ciertamente nada se hace; de los que dos son superficiales, y el tercero esencias de Sol y de Luna, y de los que yo de declararé inmediatamente las propiedades.

Pero este Mercurio que es lo esencial de los otros metales, es el principal fundamento de nuestra Piedra.

Nuestros Menstruos no son en absoluto visibles al Sol ni a la Luna, y no aparecen a la vista, sino en efecto.

Esto es la Piedra que nosotros entendemos, y que comprenderán también aquellos que conozcan bien nuestros Secretos.

Es una sustancia y un alma lúcida y resplandeciente del Sol y de la Luna, y una sutil influencia por la cual la Tierra recibe esplendor.

Pues ¿qué son el Oro y la Plata sino tierra resplandeciente, pura, blanca y roja, la cual, si se le quita el esplendor, será de poca estima? Llamamos a todo el compuesto nuestro Plomo. Estos son en suma todos nuestros Menstruos.

Con el primero calcinamos naturalmente los Cuerpos perfectos, a saber el Sol y la Luna. Pero no entra ningún cuerpo inmundo excepto uno que los Filósofos llaman comúnmente León Verde, el cual es el medio de unir las tinturas con perfección, entre el Sol y la Luna, de lo que Geber da buen testimonio.

Con el segundo, que es húmedo vegetal, que revivifica lo que estaba antes muerto, en los dos principios materiales y formales, se deben disolver los cuerpos perfectos, de otro modo poco aprovecharán. Es por lo que es necesario que conozcas estos Menstruos, sin los cuales no puede hacerse ni verdadera calcinación, ni natural disolución.

Con el tercero, que es una humedad muy permanente, incombustible y untuosa en su naturaleza, el árbol de Hermes es quemado en cenizas. Es nuestro fuego natural muy cierto, nuestro Mercurio, nuestro Azufre, nuestra Tintura monda, nuestra Alma, nuestra Piedra elevada con el viento, y engendrada en tierra.

Imprime bien esto en tu memoria.

Osaré también decirte que esta Piedra es el vapor ponticial del metal; pero te conviene ser hábil para adquirirla, pues este Menstruo es invisible, aunque con la segunda Agua filosófica, por la separación de los Elementos, pueda aparecer a la vista en forma de Agua clara.

De este mismo Menstruo por una superabundante labor, se puede hacer el azufre de Naturaleza, siempre que sea naturalmente acuado y circulado en puro Espíritu. Entonces con él podrás disolver tu masa de diversas maneras, como yo te haré entender por la práctica ahora mismo, y te declararé muchas cosas.

Por principal fundamento considera cuáles son estas Aguas mercuriales; pues es necesario que tengas tu calcinación aumentando y no disminuyendo el húmedo radical, hasta que tu masa por frecuente sutilización fluya ligeramente, como cera sobre el metal. Entonces disuélvela con tu Menstruo vegetable, hasta que extraigas de ella un aceite de color lúcido y entonces este Menstruo será visible.

De nuestro sutil Plomo rojo, se extrae un aceite de color de Oro, o parecido a él, que Raimundo Lulio ya muy viejo, dijo ser de más grande precio que el Oro mismo; del que hizo Oro potable, que lo revivificó enteramente, como la experiencia puede hacerlo ver.

Pues este aceite y este Mercurio vegetable se pueden de tal modo circular juntos, y de tal manera exuberar por el Arte, que se hace de ellos una Piedra celeste de naturaleza tan ligera que saliendo de allí la llamaremos nuestro basilisco, y el gran Elixir de vida, de un precio inestimable; el cual como la vista del basilisco mata su objeto.

Así, éste mata al Mercurio crudo, cuando es echado sobre él. De tal modo que en seguida y como en un abrir y cerrar de ojos, este Menstruo tiñe de tintura estable y permanente todos lo cuerpos imperfectos, en verdadero Sol o en verdadera Luna.

Así debes gobernar tu masa, tanto blanca como roja.

El oro potable se hace también de esta manera, no de oro vulgar calcinado, sino de nuestra única Tintura, que no se pierde en absoluto, extraída de nuestra Masa con el Menstruo circulado. Sin embargo la calcinación natural, debe hacerse antes de que tu Oro se pueda disolver. Esto te es dicho antes que todo.

Te dividiré pues este pequeño Tratado en doce capítulos y en dos recapitulaciones, dejando todas las repeticiones superfluas y aplicándome solamente en dar un verdadero conocimiento de la Teoría y de la Práctica, de tal modo que quien quisiera sacar luz de mis escritos, pueda fácilmente conseguir su deseo.

Después de lo cual vendrán las dos recapitulaciones.

Rogando a Dios que le plazca concederme la gracia de que todos los que le son fieles y aman esta Ciencia, puedan comprender este Magisterio.
El primer capítulo tratará de la Calcinación.
El segundo de la Disolución secreta.
El tercero de nuestra Elemental Separación.
El cuarto de la Conjunción matrimonial.
El quinto de la Putrefacción.
El sexto de la Congelación albificativa.
El séptimo de la Cebación.
El octavo de la Sublimación
El noveno tratará de la Fermentación.
El décimo de la Ceración y Exaltación.
El onceavo de nuestra maravillosa Multiplicación
El doceavo de la Proyección.
Recapitulaciones
Advertencia de los errores de George Ripley
George Ripley: (1415-1490) Religioso y alquimista inglés. Canónigo regular de Bridlington, estudió ciencias físicas en Francia, Alemania e Italia. De regreso en Londres, hizo creer que poseía el secreto de la transmutación. Su Resumen de la alquimia (1471) se hizo muy popular.