Página 15
La muerte de Montiel de Eduardo Acevedo Díaz en “Soledad”

Montiel se encontró al frente de una barrera de fuego.

Gritó, clamó furibundo.

Una zona de pastos cortos que rodeaba los corrales, aún no había sido invadida por el incendio. Allí estaba su caballo de trabajo atado a un poste fornido.

Montiel se dirigió corriendo al sitio.

Barbotaba sangrientos ternos y juramentos que parecían ronquidos felinos.

Multitud de animales pequeños, salidos de las asperezas próximas a la sierra se apiñaban en el terreno libre, dispersándose a su paso o cruzándose por entres sus piernas con la rapidez del pánico, apereaes, iguanas y hasta zorros de pelaje plomizo.

El caballo hacía giros vertiginosos en torno del poste sin poder desprenderse del maneador que a él lo retenía, ni romper el bozal a cuyo fiador ceñía el otro extremo de aquél una fuerte presilla.

El animal bufaba azorado multiplicando sus encabritamientos y corvetas a medida que el maneador se iba arrollando en el madero y disminuía el radio de acción.

A cinco o seis pasos del caballo, don Brígido envainó el cuchillo y se inclinó ágil para coger la soga.

Tenía el brazo arremangado hasta cerca del hombro, y su mano casi convulsa comenzó a registrar los pastos.

Como viene algo negro y tornátil que se movía rápidamente ondulando cerca del poste, creyó que fuese el maneador y lo aprehensó por el medio, teniendo cuenta de no ser enredado y derribado en el arranque por alguna lazada traidora.

Pero, en el momento mismo, aquello que él creía parte del maneador, escapósele de entre los dedos entre vigorosos retorcimientos.

Era un cuerpo vivo, grueso y escamoso, cuyo roce lo heló del espanto.

Sonó un silbido agudo, e inmediatamente sintió Montiel que el reptil - pues era un crótalo poderoso - se le enroscó en e brazo donde hincó los colmillos.

Enfurecida por el fuego, la víbora había acumulado en sus glándulas gran suma de mortal ponzoña.

Montiel dio un grito de rabia y de dolor, y volviendo con toda su fuerza el brazo izquierdo, descargó un golpe de rebenque sobre el reptil que, en vez de abandonar la presa, escurrióse ligera hacia arriba y lo mordió en el cuello de toro.

Luego lanzó otro silbido, y se hizo una rosca en el pescuezo que apretó súbitamente con sus terribles anillos.

Montiel sofocado abrió los brazos, y se desplomó en los pastos.

Su rostro amoratado apareció espantoso a la luz del incendio; por el brazo y el cuello, corríanle hilos de sangre negra. Los ojos fuera de órbitas tenían una expresión de fiera estrangulada.
El caballo, que había destrozado el maneador, en una suprema sacudida, dio un brinco y pasó por encima de su amo tirando coces.
Sobre Eduardo Acevedo Díaz: 1851-1921. Novelista uruguayo de mucho vigor y colorido en su pulido y castizo lenguaje. Se dedicó a la novela histórica trazando de su mano maestra la época azarosa y cruenta de nuestras luchas por la independencia y las guerras civiles que luego agitaron la naciente República. Fue también orador y político de alto vuelo y ejerció el periodismo dirigiendo “el Nacional”, en cuyas páginas dejó estampados hermosos artículos de combate político que demostraban la garra de su pluma ágil, incisiva y elegante.
Ocupó los escaños legislativos y fue también diplomático distinguido.

Publicó “Grito de Gloria”, “Ismael”, “Nativa”, “Soledad”, “Lanza y sable”. En todas sus novelas, aparecen magistralmente retratados en sus costumbres y sentimientos los personajes que en ellas figuran y llena de verdad y color las descripciones del suelo nativo.


Fuente: Espigas, Tomo de estudio de Ecuación Secundaria de los profesores Adolfo Berro García y Ángel María Luna (padre).