Los Invencidos de Somerset Maugham

Hans volvió a la cocina. El labrador yacía aún en el suelo, donde el alemán lo derribara, y tenía el rostro ensangrentado. Gemía. La mujer, apoyada en la pared, miraba con terror Willi, el compañero de Hans. Cuando éste entró, ella abrió la boca y exhaló un sollozo. Willi estaba sentado a la mesa, con el revólver en la mano, y un vaso de vino a medio vaciar ante él. Hans, tomando su vaso, lo llenó y apurólo de un trago.
-Parece que has tenido dificultades, jovencito - dijo Willi, haciendo una mueca.
Hans, cuyo rostro manchado de sangre ostentaba claras huellas de uñas, se llevó la mano a la mejilla.
-La muy perra quería sacarme los ojos. Tendré que darme un poco de yodo. Pero ahora todo está listo. Ahora te toca a ti.
-No sé si ir. Es tarde ya, y…
-No seas bobo. ¡No pareces un hombre! Si es tarde, ¿acaso no podemos habernos extraviado?
Aun no había oscurecido y el sol declinante hacía penetrar sus últimos resplandores a través de las ventanas de la cocina. Willi vaciló un momento. Era un sujeto menudo, moreno, de faz enjuta. En la vida civil se dedicaba a dibujar modelos de vestidos. No quería que Hans le tomase por un cobarde. Levantóse y cruzó el umbral de la puerta por la que saliera Hans. Cuando la mujer que allí dentro se encontraba vió llegar otro alemán, lanzó un alarido y se incorporó de un salto.
-Non, non! - exclamó.
De una zancada Hans se acercó a ella. Asióla por los hombros y la rechazó violentamente. Ella vaciló. Hans tomó el revólver de Willi.
-¡Quietos! - gruñó en francés, con gutural acento alemán, dirigiéndose a los padres de la joven -. Entra, Willi. Yo me cuidaré de éstos.
Willi pasó, pero un instante después volvió a salir.
-Está desmayada.
-¿Y qué?
-No puedo abusar de ella en esa forma.
-¡Estúpido! ¿Sabes lo que eres? Ein Weibchen. Una mujer.
Willi se sonrojó.
-Más vale que sigamos nuestro camino.
Hans se encogió de hombros con desdén.
-Voy a terminar el vino antes de marcharnos.
Se sentía a sus anchas y le hubiese agradado entretenerse más tiempo allí. Había pasado todo el día en motocicleta y le dolían los músculos. Por suerte sólo habían de ir a Soissons, que no distaba más de diez o quince kilómetros. ¿Tendrían la suerte de hallar un lecho en el que dormir? Lo que acababa de pasar no habría ocurrido si aquella moza no fuese una necia. Willi y él se habían extraviado. Un campesino al que le preguntaron el camino les dio adrede una dirección equivocada, que les condujo a un sendero transversal.
Paráronse en la granja y solicitaron que les dijesen cuál era el verdadero camino que les convenía. Se explicaron con amabilidad, porque tenían orden de tratar bien a los franceses mientras éstos no procedieran con ellos mal. Abrió la puerta la joven y les dijo que no conocía el camino de Soissons. Ellos empujaron la puerta y entraron. Una mujer de edad - madre de la muchacha, según Hans calculó - les dijo el camino. El granjero, su hija y su mujer acababan de cenar y tenían sobre la mesa una botella de vino. Esto le recordó a Hans que sentía una sed del diablo. No había bebido desde el mediodía y la jornada había sido abrumadoramente calurosa. Pidió a los labriegos una botella de vino. Willi añadió que la pagarían. Porque Willi, aunque buen muchacho, era blandengue. ¿Acaso los alemanes tío eran los vencedores? ¿Dónde estaba el ejército francés? En desesperada fuga. Los ingleses, abandonando a lodos, huían hacia su isla como conejos. Los vencedores podían lomar lo que desearan. Claro que Willi había trabajado en un taller de modistería de París durante dos años. Hablaba bien el francés y esto le había valido para conseguir su empleo presente, pero la residencia en Francia le había debilitado. Aquél era el pueblo decadente y a los alemanes no les convenía convivir con los franceses.
La mujer del labrador sacó dos botellas de vino y Willi le entregó veinte francos. Ella no le dio ni siquiera las gracias. Hans no se expresaba en francés tan bien como Willi, pero sabía hacerse comprender, y él y Willi hablaban siempre en aquel idioma. Willi corregía los errores de su compañero. Gracias a esto había Willi intimado con él, y también porque sabía que Willi le admiraba. Sí. Willi admiraba a Hans por su estatura, sus anchos hombros, su cabello rubio y rizado y sus ojos azules. Jamás perdía Hans una ocasión de practicar el francés y ahora en particular se esforzaba en hacerlo, pero ninguno de los pobladores de la casa de labor le respondía. Les explicó que era hijo de labradores. Cuando la guerra acabase pensaba volver a su granja. Su madre deseaba que se dedicase al comercio y le había enviado a estudiar a Munich, más lo que a él le agradaba era el trabajo del campo y en Munich se habla matriculado en una escuela agrícola.
La muchacha le interrumpió:
--Han venido a preguntar el camino y ya lo saben. Beban el vino y váyanse.
Hans no la había mirado apenas. No era bonita, mas tenía los ojos bellos y obscuros y la nariz recta. Su faz aparecía muy pálida. Aunque vestía con sencillez, se adivinaba que su aspecto no coincidía con lo que era en realidad. Había en su figura cierta distinción. Desde el comienzo de la guerra había Hans oído hablar de lo que eran las muchachas francesas. Poseían una cosa que faltaba a las alemanas: chic, según decía Willi. Pero Willi no dio otra explicación del vocablo sino que había que ver a las francesas, para comprenderlo. Verdad era que otros soldados afirmaban que las francesas se vendían por dinero y oran duras como la piedra. Dentro de una semana Hans estaría en París y sabría las cosas directamente. Se aseguraba que el alto mando había montado casas especiales para la tropa...
-Sí, acabemos de beber y vayámonos - concordó Willi.
Pero Hans se sentía a gusto y no deseaba apresurarse.
-No parece usted hija de campesinos - dijo a la joven.
- ¿Y qué le importa?
-Es maestra - explicó la madre.
-Debe usted, entonces, estar bien educada - indicó él hablando con jovialidad en su mal francés.
Ella se encogió de hombros. Hans continuó:
-Siendo instruida, se hará cargo de que esta derrota en lo mejor que ha podido pasarle a Francia. No les hemos declarado nosotros la guerra, sino ustedes a nosotros. Y ahora vamos a convertir a Francia en un país decente. Estableceremos el orden. Les enseñaremos a ustedes a trabajar. Aprenderán ustedes a ser obedientes y disciplinados.
La mujer apretó los puños y miró al alemán con aborrecimiento. Pero no dijo nada.
-Estás bebido,  Hans - opinó  Willi.
-Estoy sereno como un juez. Digo la verdad y conviene que se sepa pronto.
La muchacha, incapaz de contenerse más, exclamó:
--¡Es cierto que está usted borracho!   ¡Váyase!
- ¡Ah!   ¿Entiende usted el alemán? Bien, me voy. Pero antes déme un beso.
La mujer retrocedió. Hans la asió por la cintura.
- ¡Padre! - gritó ella -.   ¡Padre!
El labrador corrió hacia el alemán. Hans soltó a la mujer y con toda su fuerza pegó al viejo en la cara. El hombre se desplomó en el suelo. Hans volvió a estrechar a la joven entre sus brazos. Ella le golpeó la mejilla. Hans sonrió, adusto.
--¿Conque así toma usted el que un soldado alemán quiera besarla? Pues me las pagará.
Usó su mucha energía para inmovilizar los brazos de la mujer y la arrastró hacia la puerta. La vieja corrió hacia Hans y trató de sujetarle tirándole de la ropa. El, con una mano, la empujó, tambaleante, contra la pared.
- ¡Hans, Hans! -gritó Willi.
- ¡Calla, maldita sea!
Apoyó la mano en la boca de la muchacha para sofocar sus gritos y la sacó de la estancia. Así sucedió la cosa y había que reconocer que aquella mozuela se lo había buscado... Nunca debió haber abofeteado a Hans. De dejarse besar, nada más habría ocurrido...
El alemán miró al labriego, que yacía en tierra aún, y no pudo evitar el soltar la carcajada. Tenía el buen hombre una cara tan cómica... Sonrió, después, al ver a la madre acurrucada contra la pared. ¿Temería correr la suerte de su hija? No era verosímil. Hans recordó un proverbio francés y habló:
-C'est le premier pas qui coûte. No llore, abuela. Esto había de ocurrir más pronto o más tarde.
Llevóse la mano al bolsillo y sacó una cartera.
-Tome esos cien francos para que mademoiselle pueda comprarse un vestido nuevo. El que lleva está hecho trizas.
Y añadió, dejando el billete en la mesa y cubriéndose con el casco:
-Vámonos.
Salieron dando un portazo y partieron en sus motocicletas. La mujer pasó a la sala. Su hija yacía en un diván, en la misma postura en que el hombre la dejara. Lloraba amargamente.
Tres meses después Hans volvió a encontrarse en Soissons. Había entrando en París con los vencedores y cruzado en su moto bajo el Arco de Triunfo. Con el ejército avanzó hasta Tours y luego hasta Burdeos. Apenas presenció ningún combate. No se veían otros soldados franceses que los prisioneros. La campaña se convirtió en la mayor diversión imaginable. Después del armisticio Hans pasó un mes en París. Envió postales a su familia, que vivía en Baviera, y compró regalos para todos. Willi conocía la capital francesa como la palma de su mano y, por tanto, fue destinado a París, pero a Hans lo enviaron a la guarnición de Soissons. La ciudad era bonita, aunque pequeña, y el joven halló cómodo alojamiento. Se comía con abundancia y se bebía champaña por menos de un marco alemán. Y a Hans se le ocurrió que sería gracioso ir a ver a la mujer a (míen había deshonrado. Le compró un par de medias de seda para probarle que no la recordaba con aversión. Parecióle fácil (porque siempre sabía orientarse bien) encontrar la granja. Así, una tarde que tenía libre se echó las medias al bolsillo y montó en su máquina. Era un bello día de otoño y el cielo estaba casi despejado. Corrió por un país llano. El tiempo seco había durado mucho y aunque ya corría septiembre, ni siquiera los álamos temblones de las carreteras daban signos, con un balanceo, de que hubiera concluido el verano. Hans se desvió una vez por un camino erróneo, pero, a pesar de todo, llegó a la casa en menos de media hora. Un perro le ladró al verle acercarse. Sin llamar, Hans hizo girar el pestillo de la puerta. La joven estaba sentada a la mesa, pelando patatas. Al divisar a un hombre de uniforme se incorporó de un salto.
- ¿Qué quiere usted?
Pero inmediatamente le reconoció. Retrocedió hacia la pared, empuñando el cuchillo.
- ¿Es usted, cachón?
-No se excite. No pienso hacerle mal alguno. Le traigo unas medias de seda.
-Váyase y lléveselas.                 
-No sea boba. Suelte ese cuchillo. No le haré daño si no se pone molesta. No tenga miedo de mí.
-No tengo miedo de usted.
Y dejó caer el cuchillo. El se quitó el casco y se sentó. Alargando el pie, atrajo el cuchillo hacia sí.
--¿Quiere que le pele las patatas? - dijo.
No obtuvo respuesta. Entonces Hans comenzó a mondar una de las patatas. La mujer, apoyada en la pared, le miraba con ojos duros y expresión hostil.
El sonrió amablemente.
- ¿Por qué se pone así? Al fin y al cabo, no le hice i m gran mal. Me hallaba excitado como todos, de tanto oír hablar de la Línea Maginot y el invencible ejército francés...
Reprimió una risa antes de seguir:
-Además, se me había subido el vino a la cabeza. Con otro peor pudo usted dar. Las mujeres suelen decirme que no soy feo del todo.
Ella le miró cotí desdén.
-Márchese.
-Cuando me parezca.
-Si no se va, mi padre irá a Soissons a quejarse al general.
- ¡Para el caso que le van a hacer! Tenemos orden de fraternizar con la población. ¿Cómo se llama usted?
-No le importa.
Y el rostro de la muchacha se encendió. Sus ojos despedían llamas. A Hans le pareció más bonita que la otra vez. No había escogido mal, no... La joven tenía un refinamiento más propio de ciudadana que de campesina. Hans recordó que era profesora, según su madre. Y, como casi podía considerársela una señorita, él hallaba más placer en atormentarla. Se sentía sano y fuerte. Pasóse la mano por su rizado cabello rubio y rió para sí al pensar que muchas jóvenes hubieran considerado una suerte la de aquella moza. Los ojos de Hans brillaban con intenso azul en su rostro Curtido por el sol de verano.
- ¿Dónde están sus padres?
-Trabajando en los campos.
-Tengo hambre. Déme un poco de pan y queso y un vaso de vino. Lo pagaré.
Ella rió con sarcasmo.
-Hace tres meses que no vemos el queso. No tenemos pan suficiente ni para nosotros. Hace un año que los franceses nos quitaron nuestros caballos, y ahora los boches nos han dejado sin vacas, sin cerdos, sin gallinas y sin nada.
-Les habrán pagado.
- ¿Quiere que nos comamos esos papelotes, que no valen para nada?
Y la mujer comenzó a llorar.
- ¿Pasa usted hambre?
-No - respondió ella amargamente -. Comemos como reyes a base de patatas, pan, nabos y lechuga. Mañana mi padre va a Soissons a intentar comprar carne de caballo.
-Escuche. No soy un mal hombre. Le traeré un queso, y acaso pueda buscarle algo de jamón.
-No quiero regalos suyos. Me moriré de hambre antes que tocar la comida que ustedes, grandísimos cerdos, nos han robado.
-Veremos - repuso él con jocosidad.
Se cubrió, levantóse y, con un Au revoir, mademoiselle, salió.
No le cabía esperar que le dejasen andar paseándose por el país y hubo de esperar a que le expidiesen con un mensaje antes de poder volver otra vez a la granja. Ello sucedía diez días después. Entró con tan pocas ceremonias como antes y halló a los dos viejos en la cocina. Era cerca del mediodía y la mujer tenia un puchero a la lumbre. El hombre se sentaba a la mesa. Le miraron al verle llegar, pero no con sorpresa. Sin duda su hija les había contado la visita de Hans. Nada dijeron. La mujer siguió guisando y el hombre miró hurañamente el hule de la mesa. Más esto no bastó para descorazonar al jovial Hans.
-Bonjour, la compagnie - dijo alegremente -. Les traigo unas cosillas.
Desenvolvió un paquete y sacó de él un buen trozo de queso de Gruyere, un pedazo de cerdo y dos latas de sardinas. La mujer se volvió con una expresión ávida que hizo sonreír a Hans, quien también sonrió al reparar la hosca, pero intensa mirada que fijaba el viejo en los víveres.
-Siento, abuelo - dijo el alemán -, que tuviese usted conmigo un altercado cuando nos conocimos. No debió meterse de por medio.
La joven llegó y exclamó broncamente:
- ¿Qué hace usted aquí?
Observó las vituallas que había en la mesa y las tiró al suelo.
-Cójalas y váyase.
La madre se precipitó hacia adelante.
- ¿Estás loca, Annette?
-No quiero esos regalos.
- ¡Pero si es la misma comida que nos han quitado ellos a nosotros! Mira: las sardinas son de Burdeos.
Y la vieja recogió los víveres. Hans dirigió a la muchacha sus ojos risueños y burlones.
- ¿Se llama usted Annette? Es un nombre bonito. ¿Por qué quiere negar un bocado a sus padres? Me dijo usted que no veían el queso hacía tres meses. No pude encontrar el jamón, pero he comprado lo más posible.
La vieja oprimió contra su pecho el trozo de carne, como si fuese a besarlo. Las lágrimas surcaron el rostro de Annette.
- ¡Qué vergüenza! -gimió.
-No veo qué vergüenza hay en tornar un poco de cerdo y queso.
Hans encendió un cigarrillo y ofreció la cajetilla al labrador. Este vaciló un momento. Pero la tentación era harto grande. Tomó un pitillo a su vez y devolvió el paquete al alemán.
-Guárdeselo - dijo Hans, exhalando por la nariz una nube de humo azul -. No veo por qué no hemos de ser amigos. Lo hecho, hecho está y la guerra es la guerra. Ya me comprenden. Sé que Annette es una chica educada y no quisiera que me mirase mal. Mientras estemos en Soissons (y pensamos estar bastante tiempo) puedo traerles algo de cuando en cuando. Nosotros quisiéramos entendernos bien con los franceses. Son ellos los que se niegan. Ni siquiera nos miran cuando nos cruzamos con ellos en la calle. Lo que pasó cuando vine con Willi fue un accidente y nada más. No me tengan miedo. Respetaré a Annette como si fuese mi hermana.
- ¿No puede dejarnos en paz? - dijo la joven.
Hans no supo qué contestar. Hubiera querido explicar que tenía deseos de tratar a alguno de sus semejantes. Ansiaba vencer la silenciosa hostilidad que le rodeaba. Cuando un francés le miraba sin dar ni señales de verle, Hans sentía primero el impulso de golpearle y después de romper a llorar. Anhelaba un lugar donde le recibiesen bien. Hablaba con sinceridad al decir que no deseaba a .Annette. No era la mujer de sus sueños. Le gustaban las mujeres anchas y llenas de pechos, de ojos azules y cabellos rubios como los suyos, de cuerpos fuertes y rollizos. En el imprecisable refinamiento de Annette, en su nariz delicada, sus ojos negros y su semblante pálido había un algo intimidante que, de no estar Hans embriagado con la creciente victoria y con el vino que echara a su estómago vacío, le hubiera impedido lanzarse a lo que se lanzó.
Durante quince días Hans no pudo volver. Dejó sus provisiones en la casa, sintiéndose seguro de que los labradores las devorarían como lobos. ¿Las comería también Annette? No tendría el caso nada de particular. Los franceses, pueblo flojo y decadente, siempre aceptaban las compensaciones que se les ofrecían. Annette le odiaba, y mucho, pero el queso es el queso y el cerdo es el cerdo. Hans pensaba sin cesar en la muchacha. Le atormentaba la idea del aborrecimiento que ella sentía por él. Generalmente las mujeres le mimaban. ¿No sería curioso que Annette acabara enamorándose de su violador? El había sido su primer amante y, según decían los estudiantes de Munich, una mujer nunca ama más que a su primer galán, una vez que ha sido suya. Cuando Hans ponía el ojo en una muchacha, nunca fracasaba. Rió y una sonrisa astuta acudió a sus ojos.
Al fin tuvo la oportunidad de volver a la granja. Llevó queso y manteca, azúcar, una lata de chorizo y café. Esta vez, cuando llegó en su moto, no encontró a Annette, quien estaba con su padre trabajando en el campo. La vieja se hallaba en el corral. Sus ojos se iluminaron al ver el paquete que el alemán traía. Le condujo a la cocina. Con temblorosas manos soltó el cordón y a la vista de las provisiones se le soltaron las lágrimas.
-Es usted muy bueno - dijo.
- ¿Me permite sentarme? - inquirió cortés.
-Claro que sí. ¿Quiere un vaso de vino?
Y la mujer miraba por la ventana, seguramente para cerciorarse de que Annette no volvía.
-Se lo agradeceré.
Hans comprendió que su ansia de alimentos hacía a la vieja, si no amiga suya, el menos bien inclinada a entenderse con él. Aquella mirada por la ventana parecía implicar una tácita conspiración.
- ¿Le gustó el cerdo que le traje? -preguntó Hans.
-Estaba muy rico.
-La próxima vez que venga le traeré más. ¿Le agradó a Annette?
-No probó bocado, diciendo que antes moriría que comer cosas suyas.
-Eso es tonto.
-Lo mismo le dije. Puesto que nos dan comida, ¿qué se gana con dejarla?
Los dos charlaron amistosamente mientras Hans bebía. Averiguó que su interlocutora se llamaba madame Périer. Hans preguntó si tenía más hijos y ella contestó, suspirando, que su único vástago varón había sido movilizado y había muerto, no en combate, sino de pulmonía, en el hospital de Nancy. -Lo siento - murmuró Hans.
-Acaso le haya valido más. En muchas cosas, era como Annette. No hubiese soportado la vergüenza de la derrota. Nos han traicionado, amigo mío - dijo la mujer, volviendo a suspirar.
-No debieron ustedes luchar por los polacos, que no les importaban nada.
-Tiene usted razón. Si hubiésemos dejado a Hitler conquistar Polonia, él no nos habría molestado. Hans se levantó para marcharse y dijo: -Cuando vuelva, traeré cerdo.
Y entonces le avino a Hans una gran suerte. Le destinaron a hacer dos veces a la semana un recorrido hasta una aldea vecina. Podía, pues, llevarles algo. Más Annette no cambiaba de actitud. Para congraciarse con ella, Hans usaba las mañas que siempre le dieran éxito ante las mujeres, pero no encontraba más que desprecio e irrisión. Apretando los delgados labios, ella le miraba como pudiera mirar una inmundicia. En más de una ocasión Hans sintió impulsos de matarla. Una vez la encontró sola. La vio levantarse para irse y le cortó el paso.
-Necesito hablarle,
-Puede hacerlo. Soy una mujer indefensa. -Quiero  decirle  esto:   podemos pasar aquí mucho tiempo. Las cosas no van a ponerse mejores para los franceses, sino peores.  Yo puedo serles útil.  ¿Por qué no es razonable, como su padre y su madre?
El viejo Périer, en efecto, si bien no se mostraba cordial, sino más bien filo y rezongón, no procedía con descortesía. Incluso había pedido a Hans que le buscara tabaco y dádole las gracias cuando se negó a cobrar el importe. Le agradaba oír noticias de Soissons y leer el periódico que Hans le llevaba. Hans, hijo de labradores, hablaba del agro como hombre entendido. La granja de Périer era buena, ni muy grande ni muy chica, con suficiente regadío - ya que un arroyo mediano la atravesaba - y con bastantes bosques, prados y tierra de labrantío. Hans escuchaba con comprensiva simpatía cuando el viejo deploraba la falta de mozos de labranza, de abonos, de ganado. Aquello iba a ser la ruina.
- ¿Dice que sea razonable como mis padres? - exclamó Annette.
Se ajustó bien el vestido y mostró su cuerpo al joven. Este sintió en su alma un sacudimiento como no sintiera nunca. Se le agolpó la sangre al rostro. Apartó la vista. Con una sola mirada le había bastado para comprender.
Annette se dejó caer en su silla, apoyó la cabeza en las manos y rompió a llorar desgarradoramente.
- ¡Oh, qué vergüenza! -gemía.
El la abrazó.
-Cariño mío...
Incorporándose de un salto, la mujer le rechazó.
-No me toque. Váyase. ¿No me ha hecho bastante daño ya?
Y huyó del cuarto. Hans permaneció unos momentos solo y desconcertado. Con la mente transtornada regresó a Soissons y por la noche no pudo conciliar el sueño. No pensaba más que en Annette y en su cuerpo deformado.  ¡Con qué increíble pena había sollozado aquella mujer!  Y el hijo que llevaba en el seno era de Hans. Al cabo el joven empezó a adormecerse, pero despertó de pronto, como si oyese un repentino fuego de cañones. Con asombrosa brusquedad acababa de ocurrírsele el pensamiento de que estaba enamorado de la muchacha. Aquella sorpresa le dejó transtornado. Nunca había pensado   semejante   cosa.   Le  parecía   divertido  lograr hacer que ella se enamorase de él y concluyera ofreciéndole de grado lo que Hans le arrebatara por fuerza, mas nunca se le había ocurrido que Annette pudiera llegar  a  ser ante  sus  ojos  más  que  una  mujer  cualquiera. No era bonita, ni respondía al tipo que a él le gustaba.  ¿Por qué, pues, sentía de pronto tan extraña atracción? Atracción que tenía más de dolorosa que de grata. Pero estaba enamorado y se sentía, a la vez, más feliz que jamás en su vida. Ansiaba tomar a la mujer en sus brazos, acariciarla, besar sus ojos llorosos. No la deseaba como se suele desear a una mujer - o tal le parecía -, sino que anhelaba verla sonreír y contemplar en sus ojos, tan bellos - porque lo eran - una mirada suave, llena de ternura.
Durante tres días no pudo salir de Soissons y aquellos tres días, con sus noches, los consagró a pensar en Annette y en su hijo.
Luego pudo acudir a la granja. Deseaba hablar a solas a madame Périer. La suerte le sonrió, porque halló a la vieja en el camino. Había estado recogiendo leña en el bosque y volvía a casa con un enorme haz en el hombro. Hans frenó. Sabía que la amistad de la madre de Annette sólo se debía a las provisiones que él le llevaba, pero bastábale con eso, aunque ella se mostrara así en la esperanza de sacar algo de él. Le rogó que posase el haz en tierra, para hablarle, y la Périer obedeció. El día, aunque gris y nublado, no era frío.
-Sé lo que le pasa a Annette - dijo Hans.
- ¿Corno  lo  sabe? - exclamó  la  mujer,  sobresaltada -. Mi hija no quería que se lo contásemos.
-Pues ella me lo contó.
-Entonces, ya está enterado de la mala pasada que nos gastó aquella tarde.
- ¿Por qué no me lo contaron antes?
La mujer empezó a hablar. Se expresaba sin amargura, sin censurar a Hans, como si lo sucedido fuese una desgracia natural, análogo a cuando una vaca muere en el parto o una helada echa a perder las cosechas, males, todos, que el hombre ha de acoger con resignada humildad. Después de aquella horrible ocasión Annette había estado varios días en cama,  con intensa fiebre. Pasaba horas enteras chillando, como una loca. No había médicos a mano, ya que el del pueblo estaba en filas. En  Soissons  sólo  quedaban  dos  doctores  muy viejos. ¿Cómo iban a ir a la casa, incluso si se hallaba medio de avisarlos? No se les autorizaba a salir de la ciudad. Cuando  la fiebre  disminuyó,  Annette  hubo  de  seguir en cama. Al levantarse estaba tan débil y pálida que daba pena verla. Transcurrieron un mes y otro y nadie imaginaba sino que lo sucedido debía haber causado una tremenda impresión a la joven. Por otra parte, sus períodos solían ser irregulares. Fue su madre la primera en sospechar que sucedía algo. Interrogó a Annette. Las dos se sentían aterrorizadas y no dijeron nada a Périer. Mas al tercer mes no cupo duda. Annette estaba encinta.
Poseía la familia un Citröen viejo en el que madame Périer, antes de la guerra, llevaba a Soissons los productos de la finca dos veces por semana. La ocupación alemana había hecho el coche inútil, puesto que nada había que vender y era casi imposible conseguir gasolina. No obstante, lo sacaron y fueron en él a Soissons. No se veían más coches que los alemanes. Soldados alemanes vagabundeaban por doquier. Había letreros alemanes en las calles y bandos en francés firmados por el comandante alemán de la guarnición. Las dos mujeres visitaron a un médico a quien conocían y que confirmó sus sospechas. Más era un católico devoto y se negó a provocar un aborto. Encogióse de hombros, diciendo:
-No es usted la única, hija. Il faut souffrir. Fueron a ver al otro médico, a quien también conocían y llamaron a su puerta. Largo tiempo tardaron los de dentro en responder a la llamada. Al fin salió una mujer enlutada y triste que rompió a llorar cuando le preguntaron por el doctor. Los alemanes le habían prendido y teníanle en calidad de rehén. Había explotado una bomba en un café frecuentado por oficiales alemanes y dos de éstos habían resultado muertos y varios heridos. Si los culpables no eran entregados dentro de cierto término, se fusilaría a los rehenes. Como la mujer parecía bondadosa, la señora Périer le explicó su situación.
- ¡Brutos!-exclamó la enlutada, mirando a Annette con compasión -. ¡Pobre muchacha!
Y les dio la dirección de una comadrona, a la que hablaron de parte de la mujer. La comadrona los (lió una medicina que puso a Annette a las puertas de la muerte, pero sin resolver nada.
Tal fue  lo  que  Périer contó  a  Hans,  quien permanecía silencioso.
-Mañana es domingo - dijo al fin - y estoy libre. Vendré y hablaremos. Ya les traeré algo. -No tenemos agujas. ¿Puede buscarlas? -Lo procuraré.
La mujer se echó el haz a la espalda y siguió su camino. Hans volvió a Soissons. Al día siguiente, no osando usar la motocicleta en una excursión particular, alquiló un velocípedo. Ató un paquete de vituallas detrás del sillín. Era un paquete mayor que el usual, porque contenía el suplemento de una botella de champaña. Llegó a la granja al obscurecer, hora en que tenía la certeza de hallar a todos sus moradores. En la cocina hacía un grato calor. La vieja guisaba y su marido leía el París-Soir. Annette estaba zurciendo calcetines.
-Les he traído agujas - dijo Hans, deshaciendo el envoltorio - y unas cosas para usted, Annette. -No las quiero.
- ¿No? - sonrió Hans -  ¿Pues no necesita empezar las ropitas del niño?
-Es verdad, Annette - dijo la vieja -. Piensa que aun no tenemos nada preparado.
Annette continuó cosiendo. Los ávidos ojos de su madre se fijaron en el envoltorio.
- ¡Una  botella  de  champaña!-exclamó. Hans rió reprimidamente.
-Ahora les diré para lo que es. Tengo una idea. Vaciló un momento, cogió una silla y fue a sentarse frente a Annette.
-No sé cómo empezar - murmuró -. Yo siento mucho lo que hice aquella tarde, Annette. La culpa no fue mía, sino de las circunstancias. ¿Me perdona? Ella lo miró con odio.
-Nunca. Déjeme en paz. ¿No le basta haber arruinado mi vida?
-De eso se trata. Cuando supe que estaba usted embarazada, sentí no sé qué... Ahora todo ha cambiado. Me encuentro muy orgulloso.
- ¿Orgulloso? - dijo ella con voz malévola.
-Deseo que dé usted a luz el niño, Annette. Celebro que no pudiera usted librarse de él.
- ¿Cómo se atreve a decir eso?
-Escúcheme. Desde que supe lo que le pasaba, no he pensado en otra cosa. La guerra terminará en seis meses. Los ingleses habrán de rendirse en primavera. No tienen la menor posibilidad de salvarse. Y entonces me desmovilizarán y me casaré con usted.
- ¿Usted conmigo? ¿Por qué?
Hans se ruborizó a pesar de lo atezado de su semblante. No osando expresarse en francés, murmuró en alemán:
-Ich liebe dich.
- ¿Qué dice este joven? - preguntó madame Périer.
-Dice que me ama.
Y Annette, echando la cabeza hacia atrás, rompió a reír. Rió tanto que acabaron saltándosele las lágrimas. La vieja le dio dos fuertes palmadas en las mejillas.
-Es histeria - manifestó  a  Hans -  Cosas  de  su estado.
Annette abrió mucho la boca y recobró el dominio de sí misma.
-He traído el champaña para celebrar nuestro compromiso - expuso Hans.
-Lo más triste de todo - observó Annette - es que hayamos sido vencidos   por tontos semejantes. Hans afirmó en alemán:
-No supe que la amaba hasta que usted me contó su estado. Entonces, como una revelación, comprendí que la quería hacía mucho.
- ¿Qué dice?-preguntó  madame  Périer.
-Nada importante.
Hans volvió a expresarse en francés. Deseaba que los padres de la joven se enterasen de cuanto él decía.
-Me casaría ahora, pero a los soldados nos lo prohíben. No piensen que soy un don nadie. Mi padre es rico y por tal le tienen en nuestro pueblo. Soy el hijo mayor de la familia. Annette no carecerá de nacía.
- ¿Es usted católico? - preguntó  la señora Périer.
-Sí.
-Eso es algo.
-Vivimos en una región muy hermosa. La tierra es buena. La mejor tierra de Munich a Innsbrück es la de nuestra finca. Mi abuelo la compró el año 70. Tenernos coche y radio y pensamos poner teléfono.
Annette se volvió a su padre.
-Este señor - dijo con ironía - tiene un tacto que da gusto. ¡Bonita posición sería la mía, una extranjera procedente de un país vencido, con un hijo nacido de una violencia! ¡La felicidad que me ofrecen!
Périer, hombre de pocas palabras, habló por primera vez.
-No. Usted se porta bien. Yo estuve en la guerra anterior y sé que en esos casos se hacen cosas que no se harían nunca en la paz. La naturaleza humana es como es. Pero ahora que nuestro hijo ha muerto, Annette es lo único que tenemos en el mundo y no la dejaremos marchar.
-Pensé que quizá opinase usted así - respondió Hans -. En ese caso me quedaré con ustedes.
Annette le dirigió una rápida mirada.
- ¿Cómo? - preguntó la señora Périer.
-Tengo otro hermano. Puede quedarse ayudando a mi padre. Este país me gusta. Un hombre de energía e iniciativa convertiría la finca de ustedes en una cosa de valor. Cuando la guerra concluya, muchos alemanes se establecerán en territorio francés. Ya se sabe que Francia no ha tenido nunca hombres suficientes para trabajar en los campos. Un día oí una conferencia acerca de eso, en Soissons. Me informé que la tercera parte de la tierra de cultivo francesa queda sin aprovechar porque no hay mano de obra.
Périer y su esposa se contemplaron. Annette comprendió que titubeaban. Desde la muerte de su hijo, los viejos deseaban un yerno fuerte y sano que les substituyera en la vejez.
-Eso cambia la situación - dijo madame Périer -. La propuesta merece pensarse.
- ¡Cállate la boca! - dijo rudamente Annette, fijando sus llameantes ojos en el alemán -. Soy novia de un maestro que trabajaba en la misma población que yo, antes de la guerra, íbamos a casarnos cuando la lucha acabase. Mi novio no es corpulento y fuerte como usted, sino menudo y frágil. Su única belleza es la inteligencia que brilla en su rostro y su única fuerza la grandeza de su alma. No es un bárbaro, sino un ser civilizado con mil años cíe civilización tras él. Le quiero. ¡Le quiero con toda mi alma!
La faz de Hans se ensombreció. Nunca se le había ocurrido que Annette pudiese amar a otro.
--¿Dónde está su novio ahora?-preguntó.
-En Alemania. Prisionero de guerra. Pasando hambre. Entre tanto, ustedes devoran nuestra tierra. ¿Cuántas veces he de decirle que le detesto? ¡Y viene a pedirme que le perdone y a ofrecerme una reparación! ¡Mentecato!
Echó la cabeza hacia atrás y en su rostro se pintó una infinita congoja.
-Estoy arruinada. Pero mi prometido me perdonará. Es bondadoso. Sólo me tortura la inquietud de que algún día le acometa la sospecha de que yo no fui forzada, sino que consentí en entregarme a un alemán a cambio de queso, manteca y medias de seda. ¿Y qué vida sería la de mi marido y mía si tuviésemos entre ambos un hijo alemán? Será corpulento como usted, rubio como usted, con ojos azules como usted... ¿Por qué habré de sufrir esto, Dios mío?
Levantóse y, con vivo paso, salió de la cocina. Durante un minuto los tres quedaron silenciosos. Hans miró, abatido, la botella de champaña. Suspiró y se puso en pie. Cuando marchaba, la señora Périer se le aproximó.
- ¿Desea de verdad casarse con mi hija? - preguntó en voz baja.
-Sí. La quiero.
- ¿Y no se iría? ¿Se quedaría con nosotros? -Lo prometo.
-Mi marido no vivirá siempre. Usted en su tierra tendría que repartir sus bienes con su hermano. Aquí no necesitaría repartir nada con nadie. -Es verdad.
-Nosotros nunca hemos aprobado el casamiento de Annette con ese maestrillo, pero nuestro hijo decía que, si ella quería casarse, no había motivos para impedírselo. Ahora que el pobre muchacho falta, todo es diferente. Aunque quisiera, Annette no puede trabajar nuestras tierras sola.
-Y sería afrentoso tener que venderlas. Yo sé cómo siente uno lo que es la tierra propia.
Habían llegado al camino. La mujer apretó ligeramente la mano del joven.
-Vuelva... y pronto.
Hans comprendió que la vieja estaba de su parte. Se consoló pensándolo así mientras retornaba a  Soissons. Era lamentable que Annette amase a otro. Pero por fortuna aquel novio estaba prisionero y no era verosímil que lo soltasen antes de que Annette diese a luz. Esto quizá lo cambiara todo, porque nunca se sabe cómo pueden reaccionar las mujeres. En el pueblo de Hans había una mujer que era la risa de todos por lo mucho que amaba a su marido y, sin embargo, después de dar a luz no quería ni verle. Con él podía ocurrir lo contrario. Ahora que le había propuesto casarse, Annette comprendería que él era un hombre honrado. ¡Qué triste aspecto tenía la muchacha con la cabeza inclinada!   ¡Y qué bien hablaba!  ¡Qué lenguaje! Ni siquiera una actriz se hubiese expresado mejor. Ni mucho menos con tanta naturalidad. Había que reconocer que los franceses sabían explicarse. Incluso cuando Annette le zahería de tal modo era encantador escucharla. Hans no había recibido mala educación, pero no podía compararse con Annette. La muchacha tenía cultura.
-Soy un asno - murmuró Hans, de pronto, mientras corría por el camino. Acababa de acordarse de que la joven había dicho que él era corpulento, fuerte y guapo. ¿Lo diría en caso de no mirarle bien? Había mencionado también que su hijo tendría el cabello rubio y los ojos azules. “Si esto no significa que ella ve con cierta emoción el color de mis ojos y mi pelo, que me llamen holandés. Paciencia, y dejemos que el tiempo y la naturaleza actúen”, resolvió Hans, reprimiendo una risa.
Pasaron las semanas. El jefe de la guarnición de Soissons era hombre provecto y bonachón. Sabedor de lo que les esperaba a sus muchachos en la primavera, procuraba no atarlos demasiado cortos. Los periódicos alemanes contaban a los soldados que Inglaterra estaba siendo asolada por la Luftwaffe y que el pueblo británico se sentía aterrado. Los sumergibles hundían barcos ingleses a veintenas y el país pasaba hambre. La revolución ora inminente. Antes del verano todo concluiría y Alemania quedaría dueña del mundo... Pensándolo así, como toda la tropa rasa, Hans escribió a su casa diciendo que iba a casarse con una muchacha francesa, dueña de una espléndida finca. Proponía que su hermano buscara un préstamo para comprarle su parte en la tierra paterna. De este modo él tendría el medio de adquirir por su parte más tierras, que, en virtud de la guerra y el favorable cambio, podría adquirir por una bagatela.
Acudía a menudo a la granja y charlaba con Périer. Este escuchaba sosegadamente las ideas del joven: habría que restaurar el ganado de la finca; él, como alemán, lo conseguiría fácilmente; se traería de Alemania un tractor nuevo y una aradora de motor... Para que una tierra rinda hay que utilizar los inventos modernos. Madame Périer le dijo más tarde a Hans:
-A mi marido no le parece usted mal muchacho. Le cree entendido en agricultura.
Ahora la mujer se mostraba muy afable con Hans e insistía en que comiese con ellos los domingos a mediodía. Traduciendo su nombre al francés, le llamaba Jean. El estaba siempre pronto a echar una mano a las faenas. Como Annette cada vez se hallaba más adelantada, resultaba útil tener un hombre a quien no le importaba trabajar.
Annette persistía en su fiera hostilidad. Nunca hablaba a Hans, no siendo para responder a alguna pregunta directa, y se encerraba en su alcoba en cuanto podía. Si el frío hacía incómoda su habitación, permanecía junto al fogón, cosiendo o leyendo, y sin atender a Hans más que si éste no hubiese estado allí. La joven parecía gozar de radiante salud. Sus mejillas se habían coloreado. A Hans le parecía mucho más bella. Su inminente maternidad daba a Annette cierta majestuosidad especial y el joven se sentía entusiasmado mirándola. Mas un día, yendo camino de la granja, halló a madame Périer en la carretera, haciéndole señas de que parase. Hans frenó en seco.
-Creí que nunca iba usted a llegar. Lleva una hora esperándole. Vuélvase. Pierre ha muerto. - ¿Quién es Pierre? -Pierre Gavin. El novio de Annette. Hans sintió que el corazón le daba un salto en el pecho.  ¡Qué suerte!
- ¿Y está Annette muy trastornada?
-No ha dicho palabra. Quise hablar no sé qué y le faltó poco para devorarme. Si le ve hoy a usted, es capaz de darle una cuchillada.
--Yo no tengo la culpa.  ¿Cómo saben...? -Un prisionero amigo suyo,  escapado  a través  de Suiza, ha escrito a Annette. La carta ha llegado  esta mañana.  Hubo un motín en el campo  de prisioneros para protestar contra la escasez del rancho, y los cabecillas fueron fusilados.  Entre ellos ha figurado Pierre. Hans guardó silencio. Lo ocurrido era natural. ¿Qué creían los franceses que era un campo de concentración? ¿El Ritz?
-Hay que dar tiempo a Annette para encajar el golpe-dijo madame Périer-. Cuando se haya calmado, le hablaré. Y ya escribiré a usted diciéndole si puede venir.
-Bien. ¿Me ayudará, eh?
-Sí. Mi marido y yo hemos charlado y nos hemos puesto de acuerdo en que hay que aceptar las cosas como son. Mi marido, que no es nada tonto, cree que Francia no tiene más remedio que aceptar la colaboración con Alemania. Además, y en fin de cuentas, usted no me es antipático. No me extrañará que sea usted para Annette mejor marido que el profesor. Y sobre todo, con el niño y todo eso.
-Deseo que sea un niño - dijo Hans. -Tengo la certeza de que lo será. Lo he averiguado echando las cartas y mirando los posos del café. Siempre saco en limpio que será niño.
-Me olvidaba de darle estos periódicos - dijo Hans, mientras montaba en su máquina, alargándoselos.
Eran tres ejemplares del Paris-Soir, que Périer leía de continuo. Allí se informaba de que Francia debía ceñirse a la realidad y aceptar el nuevo orden que Hitler iba a crear en Europa. Se informaba también de que los sumergibles alemanes eran dueños del mar. El Estado Mayor alemán había organizado en todos sus detalles la campaña que debía postrar a Inglaterra. Los americanos estaban harto impreparados y harto divididos, y eran harto flojos para acudir en socorro de los ingleses. Francia debía aprovechar la oportunidad que se le presentaba como un don del cielo, y recobrar su prominente posición en Europa mediante una colaboración leal con el Reich. Quienes todo aquello decían eran franceses y no alemanes. Périer movía la cabeza, aprobatorio, al leer que plutócratas y judíos debían ser aniquilados y (Míe los pobres de Francia debían recuperar lo que les pertenecía, lisiaban en lo justo los inteligentes sujetos que aseguraban que la espina dorsal de Francia consistía en la agricultura y en sus industriosos labradores. Hablar así era expresarse con buen sentido.
Una noche, al concluir la cena, diez días después tic la noticia de la muerte de Fierre Gavin, madame Périer, puesta de acuerdo con su marido, dijo a Annette:
-Hace pocos días he escrito a Jean invitándole a venir a vernos mañana.
-Gracias por la advertencia. No saldré de mi alcoba.
- ¡Vamos, hija, ya no estamos en tiempo de tonterías! Hay que mirar las cosas con más realismo. Pierre ha muerto. Jean te ama y quiere casarse contigo. Es muy buen mozo. Cualquier muchacha se sentiría orgullosa de semejante marido. ¿Cómo vamos a recobrar sin su ayuda el ganado que necesitamos? Piensa comprar un tractor y una aradora con su dinero. Hay que echar pelillos a la mar.
-No pierdas saliva, madre. Me he ganado la vida antes y puedo volver a ganármela. Odio a ese alemán. Odio su vanidad y su arrogancia. Ni siquiera matándole me satisfaría. Me gustaría torturarle como me ha torturado a mí. Creo que moriría feliz si encontrase el modo de herirle como a mí me ha herido. --Obras corno una tonta, hija mía. -Tu madre tiene razón - dijo Périer - Hemos sido derrotados y tenemos que apechar con las consecuencias. Somos más inteligentes que ellos y, si procedemos con habilidad, sabremos imponernos al fin. Francia estaba podrida. Los judíos y los plutócratas han arruinado el país. Lee el periódico y lo verás.
- ¿Piensas que creo, una palabra de ese periódico? ¿Por qué te trae el alemán siempre el mismo diario, no siendo porque está vendido a los boches? Los hombres que lo escriben son unos traidores. ¡Dios me haga vivir lo bastante para verlos hechos añicos por la gente! Toda esa chusma de periodistuelos está vendida a los alemanes. ¡Grandísimos cerdos!
Madame Périer se exasperó.
- ¿Qué tienes que decir contra el muchacho? Es verdad que abusó de ti, pero estaba bebido. No eres la primera a la que le ocurre lo mismo, ni serás la última. Ya ves que pegó a tu padre y le hizo sangrar como un cerdo. Sin embargo, ¿le guarda tu padre rencor?
-Fue un incidente desagradable. Lo he perdonado - expuso Périer.
Annette estalló en una dura carcajada. -Debías haber sido cura. Perdonas las injurias como un buen cristiano.
- ¿Y qué hay en eso de malo? - preguntó madame Périer, enojada -. ¿No ha hecho Jean todo lo posible para rectificar el mal causado? Si no hubiera sido por él, ¿qué hubiese fumado tu padre todos estos meses?
Y si  no pasamos hambre,  tenemos  que agradecérselo a él.
-Si tuvierais orgullo y sentido de la decencia, le tiraríais sus regalos a la cara.
- ¿Y no te has aprovechado tú de ellos? -Nunca.   ¡Nunca!
-Es falso, y lo sabes. No has querido probar el queso, ni la manteca, ni las sardinas que él nos traía. Pero en el potaje que comes, yo pongo la carne que él nos trae, y la ensalada que te sirvo la tomarías seca si no fuese por el aceite que él nos proporciona.
Annette, suspirando, se pasó la mano por la frente.
-Es verdad. He procurado evitarlo, pero estaba hambrienta. Sé que he comido su carne y usado su aceite, mas no era culpa mía, sino de la bestia ávida que hay dentro de mí.
-Todo eso no hace al caso. Comiste y nada más. -Con afrenta y con desesperación. Los enemigos empezaron por abatir nuestra energía con sus tanques y sus aviones, y ahora que nos hallamos inermes quieren quebrantar nuestra moral matándonos de hambre.
-No te pongas dramática, hija. Una mujer instruida como tú no debe hacer tal cosa. Olvida el pasado y da un padre a tu hijo, a la vez que proporcionas a la finca un hombre que valdrá por dos mozos de labranza. Eso es lo sensato.
Annette se encogió de hombros. Todos callaron. Al día siguiente Hans llegó. Annette le miró con hosquedad. Ninguno de tos dos habló al principio. Hans esbozó una sonrisa.
-Le agradezco que no se esconda - dijo al fin.
-Mis padres, aunque le pidieron que viniera, han marchado al pueblo. Me alegro porque voy a hablar con usted en definitiva. Siéntese.
El se quitó el casco y el capoto y acercó una silla a la mesa.
-Mis padres quieren que nos casemos, usted, con sus regalos y sus promesas, ha sabido ganárselos. Además, los pobres creen todo lo que dice la Prensa. Pero yo deseo decirle que nunca se casará usted conmigo. Jamás me creí capaz de odiar a un ser humano tanto como a usted.
-Hablemos en alemán. Debe usted saber lo suficiente para entenderme.
-Sí. Lo he enseñado. Durante dos años he sido institutriz de dos niñitas en Stuttgart.
Hans habló en alemán, aunque ella seguía expresándose en francés.
-Además de que la amo, la admiro. La admiro por su distinción v gracia. Hay en usted algo que no entiendo. La estimo mucho. Comprendo que usted no se casara antes conmigo. Pero ahora Pierre ha muerto.
-No hablemos de él - dijo ella con violencia - Esa sea la última gota.
-Sólo quiero decirle que, pensando en usted, deploro la muerte de su novio, que...
-Que fue fusilado a sangre fría por sus carceleros alemanes.
-Con el tiempo tal vez usted lo simia menos. Cuando muere una persona querida parece que no va uno a poder soportar el disgusto, pero lo soporta. Siendo así, ¿no le valdrá más tener un padre para su hijo?
-Pero, ¿cree usted que, incluso si no nos separasen otras cosas, podría yo olvidar que es usted un alemán y yo una francesa? Si no fuese usted tan estúpido como lo son todos los alemanes, se haría cargo de que ese hijo sería un reproche para mí mientras viviera. ¿Cómo podría mirar a la cara a nadie teniendo un hijo con un soldado alemán? No le pido más que una cosa: que me  deje sola con mi desgracia. Váyase, por Dios, y no vuelva más.
-Pero su hijo es mío también.
- ¿Suyo? - exclamó ella, atónita-. ¿Qué puede interesarle un niño concebido en un momento de salvaje embriaguez?
-No me entiende. Cuando supe que iba usted a tener un hijo advertí que la amaba. Me siento orgulloso de mi paternidad. Al principio tal amor me sorprendió y no quería creer en su realidad. Ese niño a punto de nacer lo es todo para mí. No sé explicarme, pero en el fondo me entiendo muy bien a mí mismo.
Annette le miró con fijeza. Un extraño destello brilló en sus ojos. Dijérase que era una expresión casi de triunfo. Soltó una risa breve.
-No sé si aborrezco la brutalidad de los alemanes más de lo que desprecio su sentimentalismo.
Hans, como si no hubiera oído, respondió:
-No pienso más que en ese niño día y noche.
- ¿Y por qué sabe que ha de ser niño?
-Lo sé. Quiero tenerle en mis brazos y enseñarle a andar. Cuando crezca le enseñaré todo lo que sé: a cazar, a montar, a pescar... si hay peces en el arroyo de esta finca. Seré el más orgulloso de los padres.
Annette le miró con una expresión durísima. Su rostro se había tornado muy tenso. Una idea terrible empezaba a plasmar en su cerebro. El sonrió, propiciatorio.
-Acaso cuando vea usted lo mucho que he de querer a nuestro hijo llegue usted a amarme. Verá qué buen marido soy, monina.
La joven, en silencio, seguía mirándole adustamente.
- ¿Por qué no me dice una palabra amable? - murmuró Hans.
Annette se ruborizó y apretó fuertemente las manos.
-Podrán despreciarme los demás, pero yo nunca haré nada que me obligue a despreciarme a mí misma. Usted es mi enemigo y siempre lo será. Sólo viviré para asistir a la liberación de Francia. Esa liberación vendrá el año próximo, o el otro, o dentro de treinta, pero vendrá. Los demás franceses pueden hacer lo que quieran, mas yo nunca capitularé con los vencedores de mi país. Le odio a usted y odio al hijo suyo que llevo en mi vientre. Hemos sido derrotados, pero al final ya se verá que no hemos sido vencidos. Váyase. He tomado mi resolución y nada en la tierra puede cambiarla.
Durante uno o dos minutos Annette guardó silencio.
- ¿Ha buscado usted médico? Yo pagaré los gastos.
- ¿Cree que queremos publicar nuestra deshonra en toda la comarca? Mi madre hará lo necesario.
- ¿Y si sucediese algo?
- ¿Y si usted se metiese en lo que le importa? Hans, suspirando, se incorporó. Salió al camino y Annette le miró alejarse hacia la carretera. Con rabia observó que algunas de las cosas que él había dicho despertaban en su alma algunos sentimientos que nunca experimentara hacia el alemán.
«Dame fuerzas, Dios mío», exclamó para sí.
Un viejo mastín que llevaba varios años en la casa, corrió hacia Hans, ladrando airadamente. Hans se esforzaba en hacer amistad con el perro, pero éste rechazaba todos los intentos del alemán. Si Hans intentaba acariciarle, el animal retrocedía enseñando los dientes. Y he aquí que ahora Hans, viendo al can acercarse a él, lanzando ladridos, le largó un feroz puntapié que arrojó al animal hacia unos matorrales, de los que se alejó cojeando y gimiendo.
« ¡Salvaje, bestia! - pensó Annette -. Todo lo que ha dicho era falso. ¡Y yo que casi llegué a compadecerle!»

Se miró en el espejo que colgaba junto a la puerta y sonrió. Pero su sonrisa era más bien una mueca.
Llegó marzo. Reinaba inusitada actividad entre la guarnición de Soissons. Había muchas inspecciones e intensivo adiestramiento. Corrían muchos rumores. Se iba a marchar a algún sitio, pero los soldados rasos no podían saberlo sino por conjeturas. Unos creían ir a invadir Inglaterra, otros hablaban de Ucrania y oíros de los Balcanes. Hans estaba muy ocupado. Hasta la tarde del segundo domingo no pudo visitar la granja. Era un día frío y gris, y caía un granizo que parecía a punto de convertirse: en remolinos de nieve. El campo se hallaba lúgubre y sombrío.
-Creímos que se había usted muerto - dijo madame Périer, viéndole entrar.
-No pude venir antes. Estamos a punto de marchar, aunque no sabemos cuándo.
-Esta mañana ha nacido su hijo. Es niño. Hans sintió  un  vuelco  en  el  corazón.  Abrazó a  la vieja y le besó en ambas mejillas.
- ¡Niño   y   nacido   en   domingo!   Será   afortunado. Abramos la botella de champaña. ¿Cómo está Annette? -Lo mejor que cabe. Ha salido del paso con facilidad. Anoche le empezaron los dolores y a las cinco de la  madrugada  había  concluido.
Périer fumaba su pipa junto al fogón. Viendo el entusiasmo del joven,  sonrió.
-Un  primer hijo  siempre  emociona - observó. -Tiene un cabello tan rubio como el suyo y muy abundante - dijo madame Périer -. Es un chico precioso. Y parecidísimo a su padre.
- ¡Qué feliz soy!-exclamó Hans- ¡Qué hermoso es el mundo!  Quiero ver a Annette.
-No sé si ella estará de acuerdo con eso. Y no conviene trastornarla. Podría retirársele la leche.
-Por mí no la molesten. No importa que no quiera verme. Pero tráigame al niño un momento.
-Lo intentaré.
Madame Périer salió. La oyeron subir torpemente las escaleras. Un momento después volvía a bajar. Entró como una tromba en la cocina.
- ¡Annette no está en su cuarto! ¡El niño ha desaparecido!
Périer y Hans prorrumpieron en gritos. Sin darse cuenta de lo que hacían, los tres subieron las escaleras. La luz tristona del invierno permitía divisar los maltrechos muebles, la cama de hierro, el armario barato, la cómoda, todo pobre y sórdido.
- ¿Dónde estará Annette? - clamó la señora Périer. Corrió al estrecho pasillo, abriendo puertas y vociferando:
- ¡Annette,  Annette!   !¡Oh,  qué  locura!
- ¿No habrá ido a la sala?
Bajaron a la sala, no usada nunca. Al cruzar la puerta sintieron una ráfaga de aire helado. Abrieron la puerta de una despensa.
-Se ha ido. Algo grave sucede.
- ¿Cómo puede haber salido? - exclamó  Hans, lívido por la ansiedad.
-Por la puerta frontera, bobo.
-Es verdad. Está descorrido el cerrojo.
- ¡Qué  locura,   Dios   mío! -repetía  la  señora   Périer -  ¡Esto le va a costar la vida!
-Hay que buscarla - dijo  Hans.
Se dirigió instintivamente a la puerta de la cocina, que era por donde él y todos penetraban siempre en la casa. Los demás le siguieron.
- ¿Hacia dónde se habrá marchado?-murmuró el alemán.
-Acaso hacia el arroyo - jadeó la vieja.
Hans se detuvo, paralizado de horror, y miró a la abrumada mujer.
-Tengo miedo - murmuró ella -, tengo miedo. Hans abrió la puerta. En el mismo instante Annette entró. No vestía más que el camisón y una bata de noche de ligera sedilla artificiosa. La prenda era de color rosa, con flores azul pálido. La joven estaba empapada. Su desmelenado cabello colgaba, lacio, sobre sus hombros en desordenadas crenchas. Tenía el rostro mortalmente pálido. Madame Périer corrió hacia ella.
- ¿Adonde has ido? ¿Qué locura es ésta? ¡Estás calada, pobre hija mía!
Annette le apartó a un lado y miró a Hans.
-Ha venido usted en el momento oportuno.
- ¿Dónde está el niño? - exclamó madame Périer.
-He hecho sin pérdida de tiempo lo que debía. Temía que me faltase el valor.
- ¿Qué has hecho,  Annette?
-Lo que debía hacer, repito. Llevó al chiquillo al arroyo y lo sostuve bajo el agua hasta que se ahogó.
Hans lanzó un grito terrible: el grito de un animal herido de muerte. Cubrióse el rostro con las manos y, tambaleándose como un beodo, cruzó el umbral de la puerta. Annette se dejó caer en una silla y, apoyando la frente en los puños cerrados, rompió en desesperado llanto.
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