Página 12
Don Ramiro de Cajal y Mendoza de Patrizia D’Ambrosio
Próximo a su 70 cumpleaños, su hijo Raúl decidió homenajearlo reuniendo a toda su descendencia.
Convocó a sus dos hijos radicados en Argentina y la familia de cada uno, a su hija Dora, exiliada económica en Francia y a mi padre, Francisco quien desde Nueva York decidió el viaje hacia Uruguay con todos nosotros.
Allí caigo yo, Laura, que gozando de mis vacaciones del High School estaba bien dispuesta a volver a las raíces.
Me acuerdo de las cartas que llegaban de granpa Ramiro y granma Aurelia, las que mostraba a mis amigas, que incrédulas repetían: ‘Orugay?’
Bien, escondidos en casa de tío Raúl, fuimos saliendo a su encuentro ni bien apareció en la habitación que, en penumbras, esperaba sorprender poco al viejito, no queríamos encandilarlo como venado frente a las luces de un automóvil.
Granpa nos miraba sin atinar a sonreír o a correr a brindar abrazos.
De momento elije romper a reír y luego el agua.
Nos abraza uno a uno, primero los mayores, sus hijos, luego a nosotros, los nuevitos. Entre apretón y apretón se toca los tres pelos locos de su cabeza redondita.
No recordaba su lunar a saltos sobre su boca con cada frase o risa, sus manos venosas, con nudos, aferrando como garras en reposo, suave pero profundo.
Apretando, abarcando y a veces asfixiando todo el mundo familiar: gente, espaldas y oxígeno.
La voz ronca, bajita repetía: '¡Si estuviera la Aurelia, qué locura, qué goce!’
En un momento, balanceándose y arqueado cortó un bostezo, Raúl y mi padre corrieron a sostenerlo.
Él les dijo, alzando la voz: ‘Tranquilos, solo estoy tratando de fijar todo esto, porque quizás no los vuelva a ver juntos’.
Bajó los ojos y encima de bolsas, a través de grietas caminaban rápido gotas saladas, creo que saldas y algo dulces también.
Esos ojos celestes con velo gris se iluminaron hasta agrandarse y secarse ante una carcajada.
En esos momentos me asustaba perderlo, temía tanta alegría, pero me llama: ‘¡Ven chiquita!’ - nuevo abrazo que me tranquiliza, un corazón y latidos normales.
‘Bueno, a la sala’ - en esos momentos su andar era el de papá, tiró sus hombres hacia atrás, batió los brazos y nos llevó.
Allí se quitó el gabán, acomodó un largo bufandón, sacó cajas de fotos y al rato pasamos al balcón terraza, tomó actitud de pose para foto, en eso varios flashes se disparan mientras pronuncia:
‘Soy Ramiro de Cajal y Mendoza, un caballero español de pura cepa’.


Recopilación Cuentos
Patrizia
Otros artículos de la misma autora:
Otros artículos de la misma autora (Paxx, Alel Larú, Leo Francdamori):
Cuentos y Poesías incluidos en:
Dibujos de Patrizia D'Ambrosio