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Las casas de los japoneses tienen, normalmente, un espacio hueco entre las paredes de madera.
Mientras esta persona echaba abajo los muros de su casa, se dio cuenta de que allí había una lagartija inmóvil, porque un clavo, desde fuera, le había atravesado una de sus patitas y la había hecho permanecer fija en la pared.
El dueño de la casa, viendo esto, sintió, al mismo tiempo, piedad y curiosidad. Cuando estudió el clavo, quedó pensativo.
El clavo había sido clavado hacía diez años, cuando la casa fue construida.
¿Qué habría ocurrido entonces?
Pareciera que la lagartija había sobrevivido en esa posición durante diez años. En un oscuro muro en esa posición durante diez años sin moverse. Imposible, inimaginable.
Entonces, aquella persona se preguntó cómo esta lagartija habría podido sobrevivir durante diez años sin dar un solo paso si desde entonces su patita estaba clavada allí.
Así que, paró de trabajar y observó a la lagartija, preguntándose qué podría haber hecho, y cómo ella habría conseguido alimentarse.
Más tarde, sin saber de dónde venía, apareció otra lagartija, con alimento en su boca.
Quedó conmocionado y admirado, por la fuerza de ambas lagartijas la que traía el alimento y la que lo esperaba, una dependiendo de la otra sin dejarse caer y la otra cumpliendole a su compañera.
El amor realiza grandes actos.
El Geko