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La leyenda de la flor del cacto o cactus
La región humahuaqueña antes de que el mundo estuviera totalmente formado, era un lugar sereno y de paz. Los indios vivían labrando sus andenes y gustando la coca en acullicos interminables.
Calchaquíes* y diaguitas* soñaban envidiosos con conquistar sus tierras llenas de vida, amor y esperanza.
Un día resolvieron enviar a una de sus más hermosas mujeres llamada Zumac Huayna para enamorar al jefe de los humahuacas, distraerlo de sus labores, de su vigilancia sobre el pueblo feliz y permitir la destrucción del mismo.
Y en efecto lo consiguió.
La muerte reinó por doquier al ser traicionados los humahuacas.
Una noche infernal fue aquella en la que perecieron miles y miles de hombres desarmados hasta hacia poco dichosos y contentos.
Solo se salvó el infortunado jefe, que lanzando proféticas palabras anunció lo inútil de esa matanza, ya que no gozarían sus vencedores de la victoria.
La tierra antes verde, amarillea de arenas estériles, de rocas erizadas.
Y primero él y luego todos los cadáveres de sus hermanos, fueron transformados en espinosos cactus y escaláronse en quebradas y valles, en las cimas, y en los pasos, como centinelas alertas y eternos.
Y en las horas que el sol calcina la tierra abertal, otrora fértil, abren la gloria de sus flores amarillas, blancas y rojas, que, según dicen los lugareños, son las almas de aquellos buenos indios.
Calchaquí es la denominación recibida por grupos originarios de la etnia diaguita o pazioca que habitaban el Noroeste de la Argentina antes de la llegada de los conquistadores españoles.
Diaguitas Cuando comenzó la conquista española, 1561, formaron un gran ejército al mando de Juan Calchaquí logrando rechazar a los invasores hasta Santiago del Estero.