Los africanos, los indios, los perros, las horcas y la pena de muerte

En 1764, fue levantada una horca en la Plaza Matriz para atemorizar a los indios minuanes. Para inaugurarla fue ejecutado un perro.

En 1801, fue ahorcado un negro esclavo por asesinar a su amo.

En 1811, se erigió otra horca “intimidatorio”, por orden del Virrey  Elío, esta vez dedicada a los patriotas dentro de la Ciudad. Fueron ejecutados diez hombres por matar y robar a una familia en Las Víboras.

En 1821, Las negras esclavas María y Encarnación y el mulatillo Luciano, abrumados por los castigos que recibían de su ama, Doña Celedonia Vich y Salvañach (otra vez aparece el apellido Salvañach en medio de la esclavitud, ver más arriba), la tiraron de un de los balcones internos que se asomaban a un patio causándole heridas mortales. El defensor de las acusadas es el Dr. Lucas Obes, sin éxito pues son condenadas y ejecutadas. No sé que tan buena fue la defensa, porque el otro Lucas Obes (quizás abuelo) también aparece entre los esclavistas citados más arriba. 

Esa casa está ubicada en Rincón esquina Misiones y  hoy es sede de uno de los Museos Históricos de nuestro país y se puede visitar.

En 1834 la adquiere Fructuoso Rivera y habitó poco en ella pues estuvo largos períodos ausente (por las guerras), pero desde allí presenció actos importantes como el desfile de honor a su persona que realizaron las tropas después de la Batalla de Cagancha y desde ésta casa salieron Juan Lavalle y sus compañeros junto a sus banderas, que llevarían a la Republica Argentina a luchar contra Juan Manuel de Rosas.
La Sra. de Rivera tenía muchas funciones sociales era una mujer solidaria y trabajadora.

Tanto Celedonia Wich de Salvañach como Fructuoso Rivera fueron personas que no respetaron ni a esclavos por un lado, ni a indios (recordar “Salsípuedes”, el exterminio de los Charrúas, en 1831, a pesar de las encendidas defensas del dos veces ex Presidente Dr. Julio María Sanguinetti y la historiadora Sra. Martha Canessa, exculpándolo).

Por la Ley de 1907 es abolida la pena de muerte, condena a la que obviamente fueron sometidas muchas más personas, ya sea por delitos comunes o por cuestiones políticas.
Crímenes Legalizados

En el ejército de Aparicio hubo una férrea disciplina. Se castigó con la muerte el robo y el asesinato. El 8 de diciembre se fusiló en el centro de la pista del Hipódromo  de Maroñas, a Marcelino Moreno, alférez de la división Maldonado, por robo y conato de homicidio. El mismo día y en el mismo lugar fue fusilado Rufino Monzón, de la División Mercedes, por robo y homicidio.

Al tercer fusilado en la Unión lo menciona Arosteguy en su libro “La revolución oriental del 70”: “un moreno, por haber dado muerte a un oficial”. El libro del cementero: “un cadáver, negro, militar, fusilado, 18 de diciembre”.

¿Quién sería ese fantasma que no dejó huellas ni de su nombre? Un negro gigantesco, 24 años, Ramón Montiel. Había partido el corazón a un oficial, el teniente asimilado Demetrio Torres, médico. Montiel ultimó a Torres la noche del 10 de diciembre, en la esquina de la barraca de Uriarte, donde en 1889 se edificó el edificio del cuartel de la Unión. Seis días después Montiel estaba condenado a muerte. Era soldado de Estorba. Un cronista recogió los detalles de esa muerte. Espantan. Era un cronista no común, ese muchacho de 19 años, que como secretario del Fiscal militar asistió a la ejecución del reo.

Cuando fueron a buscar a Montiel, lo encontraron sonriendo. Pidió hacer testamento y le extendieron una hoja sobre un tambor. Dejó todo lo que tenía, $17, a su china Rosalía. Vivó al coronel Aparicio cuando lo sacaron de su celda. A Lázaro Gadea, que se le acercó para darle valor cristiano, le dijo: “Está bueno de padrenuestros, señor cura…” Lo bajaron en la plaza de toros, y se encaminó con paso firme al banquillo.

Acevedo Díaz que era aquel cronista, no le habló, pero sus miradas se encontraron, y el reo, tan altivo hasta entonces, o tan insensible, le rogó en voz bastante baja: “Que no fui ningún malvado, dígalo alguna vez, por favor”. Cuando sonó la descarga, “Montiel, como impelido por un viento huracanado, se arqueó y tambaleó hacia atrás. Luego, como si fuese atraído por una fuerza contraria, vínose hacia delante, firme, sobre sus rodillas, se sacudió, y cayó al fin de costado, entre roncos gruñidos”. Todas las ejecuciones son terribles. Pero ésta tiene detalles que hacen meditar en ese crimen legalizado.

El tiro de gracia lo dejó inmóvil. La venda se prendió fuego, por taco ardiendo y la pólvora, y cayó sobre el pasto humeando. “Y entonces se vieron los ojos de Montiel fijos en el cielo, y en su semblante lívido, el ceño terrible con que lo halló la muerte”.

Silenciosa desfiló ante el cadáver la infantería. La caballería a cuyo cuerpo pertenecía el oficial asesinado, tuvo frases brutales:
-“A nadie vas a sacar los ojos”.
-“Clavaste el pico, cuervo”.
-  “Fue éste el primer reo que vi. pasar por las armas”, dice el gran novelista charrúa. “Algunos hombres he visto morir después, más ninguno con la estoica entereza de aquel negro fiero”.

El ejército levantó campamento enseguida, como si la ejecución del negro Montiel hubiera sido un toque de clarín. Así terminó el Sitio de la Unión por las fuerzas de Aparicio, un 18 de diciembre, el de 1870.

Fuente: Fernández Saldaña
Historias de Aquí y Allá en Revista El Tranvía 35

N/R: En lo personal, este relato lo asocio a la escena de la película “La Patagonia Rebelde”, El personaje de José Font “Facón Grande” interpretado por Federico Luppi, al ser fusilado, pone el pecho a las balas y grita “Así no se mata a un criollo”. Pura hidalguía al enfrentar la muerte.

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