Página 05
Todos los sábados hay reunión en su casa. Allí concurren unas 50 personas, algunas se conocen desde hace tiempo.
Sus mensajes hablan del Dios amoroso que nunca debimos dejar, no el que castiga o atemoriza.
Quizás tantas religiones y ofertas han ido cambiando el mensaje.
Hace más de 30 años se jubiló y emprendió esta misión, una misión que refuerza lo que la Iglesia Católica dice al pasar, que estamos esperando la venida de Nuestro Salvador.
Y esta venida será al Cerro de Montevideo y puede ser, porque Dios que está en todos lados, alguna vez podría elegirnos. El mensaje es contemporáneo, no se remonta a los anales del tiempo, donde todo se mezcla con la mítica.
Le dicen madre Esmeralda, no es una vidente, ni sanadora, ni autoproclamada maestra.
Quizás sin proponérselo y sin sacar ningún provecho para sí, te sane el alma. Por lo menos te llene el espíritu.
No se piden diezmos, ni recibe donaciones ni regalos. Todo hace “sospechar” que sí, que Dios es su amigo, el amigo invisible de su niñez.
Quizás un terapeuta creería estar frente a una esquizofrenia. Pero sería solo una excusa para no creer.
De todas formas, nada se pierde al conocerla y sí se abre una cuenta de amor.

La madre Esmeralda, ¿la voz de Dios?
Es una persona de buenas maneras, vivaz en el hablar. La abuela que todos quisiéramos tener o haber tenido. Cuando se la nombra me trae el recuerdo de la Madre María o la Madre Prosperina, que con igual amor daban mensajes sobre Dios a la gente de Uruguay y Argentina por los años '30-'40 del siglo pasado.
Atiende ella misma por teléfono y no se niega a dar una palabra y reconfortar al prójimo.
por Patrizia D'Ambrosio