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Voy corriendo hasta el baño e intento amansar a una treintena de pelos insurrectos.
Abro la boca y descubro que en el apuro todavía hay restos de desayuno hospedados en mis perlas negras. Estoy desarmada sin cepillo ni dentífrico.
Cuando regreso a mi cuartel a enfrentarme tras mi trinchera, una voz interrumpe la toma de posición. No alcanzo a sentarme, Laura Ingalls me sonríe:
-¡Hoooooolaaaa! Yo soy Clarita.
Una cara nueva me sonríe, la miro de arriba hacia su base, estaba vestida de blanco (¡idiota!), venir a una oficina vestida para un día de campo con Scarlet. Los zapatos brillaban y los tacones se desconocían no mirándose el uno al otro como los míos.
-¡Hoooooolaaaa! ¿Y vos cómo te llamás?
¡Qué insistente! No le contesté, ya estaba pensando en mandarla a lavar unos carbónicos o al archivo en donde un Jurassic Park de cucarachas y arañas le darían la bienvenida cordial, cuando llega mi jefe y dice:
_ ¿Ya se presentaron? Dorotea ella es Clarita Hernández, tu nueva compañera. Y la estúpida se reía de felicidad. Seguro para amargarme con su fingida alegría.
Le extendí la mano tratando de esconder la garra,:
- “Dorotea Gómez, mucho (dis-)gusto” farfullé
El jefe le mostró cuál sería su escritorio, incluso se lo corrió hasta la ventana. Justo frente a mí, se sentó, abrió su bolso y sacó: líquido corrector, una lapicera, 1 block y una manzana lustrosa, todo ordenadito y nuevo.
El ver aquello me estremeció, eran 20 años en la administración y jamás nadie había osado tamaña provocación. Me sostuve contra mi trinchera, miré el escape hacia el pasillo, corrí hacia el, entrando en todas las puertas posible de acceso a lo que vulgarmente quiere parecer una oficina. Allí entraba y comentaba todo sobre el nuevo ser que iba a anidar en mi sección y todo el maltrato al que había sido sometida.
Cualquier frase y dicho sugestivo sea verdad o mentira que yo emitiera, no necesitaba estar basado ni remotamente en hechos reales ya que servían para justificar tamaña intromisión.
Era la guerra, nadie invade así mi mundo.
DISCRIMINACION de Patrizia D'Ambrosio
Ese lunes entro en mi oficina y tiro sobre el escritorio los mil papeles que tengo en la cartera, buscando la factura de la luz para pagar en mis escapadas del trabajo. Revuelvo la cartera y me faltan 3 pesos, si pago la luz, no pago el boleto de vuelta a casa. Así que adiós a la UTE y eso que tengo aviso de corte.
Me miro las medias y tengo no una, no dos, sino 4 correduras.
Recopilación Cuentos
Patrizia
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