Cuento en sepia
…Llego corriendo con la sombrilla en la mano derecha y aguantando el sombrero con la mano izquierda.
El tren está por partir.

Son las 3 menos 5 en el gran reloj sobre la boletería.
La estación está llena, medio pueblo de Caunes está despidiendo a los jóvenes que parten hacia la capital a disputar el campeonato de fútbol.
Juan está en el Andén, presto a subir. Acaban de cerrar la venta de pasajes, el viejo Pérez se apura a bajar la cortinita y luego la puerta de la oficina, pero se le cae la llave. Resopla, la levanta y logra introducirla en la herrumbrada cerradura. Se oye el sonido cuando la cierra. Luego corre hacia el tren.

Arrimado a una ventanilla del monstruo se lo ve a Luis, su hijo, que aprieta la mano contra el vidrio y se tocan a través de éste.

El tren comienza a marchar.

Cada vez más rápido. Cuanto antes se vayan antes comenzará la aventura y antes volverán al pueblo, para que éste no se dé cuenta de su ausencia.

Al cabo de unos minutos dispersos, perdidos, algunos lloran, otros se alejan.

Yo me dejo caer desmadejada en un gran banco. Porque no le dije nada.

El vagón está lleno de jóvenes. Algunos sacan bebidas, yo solo pienso en Jacinta.
No hablamos. No lloró.

Ayer me dijo que tenía algo urgente que decirme. Que no podía confirmármelo hasta hoy. Llegó tarde y solo me dio un beso.

Algunos muchachos están pasándose de un vagón a otro.

Viene Luis, el hijo del viejo Pérez y se sienta a mi lado.

Le veo mover los labios, pero no sé que dice.

Tiene la camisa desabrochada hasta el tercer botón, de modo que se le ve la camiseta. La gorra de lado, el pañuelo sale de su cuello bruscamente tironeado por su mano. Se seca el sudor de la frente. No sé porque las ventanillas están cerradas.
Luis me sigue hablando, se levanta impaciente y comienza a luchar para levantar el vidrio de la ventanilla.

Ah! Era eso, me pedía que la abriera.

Ahora, más frescos por fuera, llegamos a una estación, la más próxima a nuestro pueblo.
Allá suben pocas personas. Este pueblo siempre fue más gris que el mío.

La gente ya de por sí se ríe poco. Viven apretaditos en casas chiquitas. Apenas hay niños, muy pocos perros. Las calles son de tierra, menos la principal, esa tiene adoquines, pero solo hasta el monumento al prócer, lo curiosos es que no sigue por detrás de éste.

Manuel sube sin prisa a vender algunos víveres, habla con el comisionista que va a la capital con los encargos del pueblo, que compran luego de elegir en el catálogo de la gran Tienda “London-París”

-“Mirá amigo, lo único que te pido es uno de esos traba-corbatas que tienen en la tienda, es para el traje de cuando me casé, que todavía me cabe, aunque estrecho, es para el casorio de mi hermana, la Florinda”.

Me detengo a mirar a una casa muy estrechita, muy desentonada con el resto, llena de flores. Esa casa es la única diferente  del resto, sus moradores son odiados por los vecinos de la derecha y por los de la izquierda porque los separa y porque por su culpa de esa casa se pierde el estilo del conjunto.

Manuel se baja… “Espero que este Román me haya entendido. El traba-corbatas que quiero me haría ver poderoso. Ordenado. No con la corbata voladora como dice mi vieja, a ella le gusta verme bien y a la patrona la enloquecería, mirá los bailes que nos vamos a pegar!”

Reanudada la marcha llegamos sin prisas a la segunda estación. Ya estamos lejos del pueblo. Qué soledad, ¿esto es un pueblo?, unas pocas casas a lo lejos. Esto no se pone mejor, ya no me parece bien irme a jugar un campeonato. Quiero saber porque no me habló. Yo me vuelvo igual en sulky, acá vive Antonio y él me llevaría.

Vuelvo, no soporto más que me hablen.

Yo vuelvo.
                                                               
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Patrizia D'Ambrosio
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del libro “Se cuenta en Caunes” de Patrizia D’Ambrosio
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Patrizia
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