El hombre que hace reír de Serafín y Joaquín Álvarez Quinteros
Monólogo estrenado en el Teatro de Cervantes, en España, el 6 de diciembre de 1911
Dedicado por sus autores a Ricardo Simó-Raso “enamorado de la verdad y admirable intérprete de este monólogo”.
Sale Juan, hombre, mal trajeado y ridículo, cuya presencia causa risa. Primero pasea suspirando. Luego, con lágrimas en la voz, le dirige la palabra al público.
JUAN. ¡Ay!... ¡Ay!... ¡Ay!... Buenas noches, señores… que… no había visto que… Rompe a llorar. Perdón, señores. Ustedes no se explicarán estas lágrimas. Yo soy el hombre más desgraciado de la tierra. Solloza. Y éste es mi gran tormento: que dondequiera que lo digo, todo el mundo se ríe de mí. ¿Es que tiene gracia, por ventura, que yo sea desgraciado? Suspirando. ¡Ay, ay, ay! Saca un pañuelo en armonía con su pelaje. ¿Qué? ¿Qué? ¡Ah, el pañuelo! ¿Ven ustedes? Otro cualquiera saca su pañuelo para enjugarse el llanto, e inspira lástima. Saco yo el mío, y en mis propias barbas se han reído ustedes del llanto, del pañuelo y de mí. ¡Ay! Estoy acostumbrado. Desde niño soy el hazmerreír de la gente. Ya en la escuela me pusieron un apodo los chiquillos: Berenjena. Berenjena me llamaban todos. El mismo maestro llegó a llamármelo también… Por… Se toca la nariz. Yo comprendo que es una nariz desproporcionada, desaforada, horrible, si quieren ustedes; pero, ¿la elegí yo? ¿Qué culpa tengo de ella? ¿Iba yo, cuando me di cuenta de su tamaño y fealdad, a llamar a capítulo a mi padre y a mi madre y a decirles: “Vamos a ver, ¿se hace esto con un hijo?” Además hubiera sido inútil. En mi casa era yo el ceniciento. Tenía un hermanito mayor que era precioso: sonrosado, rubito como un ángel. Para él eran caricias y golosinas y juguetes; los trabajos y las mallas caras para el niño feo. EL niño feo era yo. Sí, por cierto; era horrible. Con los años me he corregido mucho. De verdad. Harto de aquella tremenda injusticia con que me trataban mis padres, me fui de mi casa resuelto a no volver y a ganarme la vida como pudiera. Recordé que tenía un buen amigo que era pintor, y lo primero que discurrí fue ir a ofrecerme a él para modelo. Se está riendo todavía. Sin embargo, cuando algunos días después le obligué a que me viera desnudo, batió palmas y me copió. Con a cara vuelta, naturalmente. Miren si es desdicha: un soberbio cuerpo de gladiador, coronado por esta cara. Y dondequiera que me presento se fijan en la cara no más, se ríen de ella, y no pueden tener ni siquiera una mirada de elogio para el cuerpo de gladiador. Terrible desventura, ¿no es cierto? ¿Por qué ha de ser mi eterna compañera la risa de mis semejantes? Al decir semejantes no he querido decir que se me parezcan; dios me libre; he nombrado como suele hacerse a mis prójimos. Y mis prójimos me ven, y se ríen, y me oyen, y se ríen, y les cuento mis amarguras, y se ríen. ¿Qué más? Me preguntan mi nombre: “¿Cómo te llamas?””Juan”, contesto yo. Y la risa es el primer comentario. Y cualquiera de ustedes, señores míos, se llama Juan y a nadie le hace gracia. Y yo me llamo Juan y todos son a sorprenderse y a reírse: “¡Se llama Juan! ¡Se llama Juan! ¡Ay, se llama Juan! ¡Se llama Juan!” Me llamo Juan: pero ciertamente no veo por qué ha de ser gracioso que yo me llame Juan. ¡Oh! La risa de los demás ha llegado a ofenderme y a herirme como un agravio; como una bofetada. Si yo fuera un hombre feliz, nada se me daría de ella; hiéranse de mí todos en buen hora, y yo tan contento. Pero si soy una criatura desventurada, si la desgracia se enamoró de mí, como dijo… como dijo… -bueno, no me acuerdo ahora de quién lo dijo-, ¿es posible que yo oiga con paciencia al cabo de mis años y de mis dolores que sólo el eco de la risa responde a mi vos? No, no es posible; compréndalo ustedes. Un momento de seriedad; compréndalo. Y si me prometen no reír al oírme, yo es contaré, para desahogo de mi alma, por que suspiraba y gemía y lloraba al llegar aquí. ¿Prometido? Bien. Mil gracias. ¡Ay!... Yo, señores míos, soy casado. Ahora pueden reírse esto no deja de tener alguna gracia. Soy casado, y mi mujer es hermosísima. Sí, sí, hermosísima, muy hermosa, aunque lo duden, aunque se rían una vez más; muy hermosa. Palabra de honor. Bueno, pues… ¡Ay, Juan! No vas a tener valor para confesarlo… Mi mujer, señores… -me cuesta, me cuesta violencia la revelación-mi mujer, señores… ¡Las cosas de la vida!... En voz muy queda. Mi mujer hace siete meses que me engaña. ¡Por los clavos de Cristo! ¿Es cosa de risa también que mi mujer me engañe hace siete meses? No, no por Dios; no aviven mi dolor, señores.
En mi casa, en la pobreza de mi casa humilde, había un rayo de sol que todo lo doraba; la virtud de mi esposa, y su alegría y fortaleza de espíritu para conllevar humanamente la escasez y el hambre. Y había un rayo de luna, que, con su luz suave y blanca, nos acariciaba dulcemente a mi esposa y a mí: Margarita, hija de mi alma, bella como su madre, buena como yo. No se rían ahora. Dos años ha, quedé sin empleo, y día y noche busqué trabajo en todas partes con doloroso afán, y en parte alguna lo encontré: mi catadura inspiraba desconfianza y risa. ¡Risa! ¡La risa siempre! Un hombre que pide trabajo para llevar pan a los suyos y causa risa. ¿Se concibe mayor desgracia? Entró en mi casa la miseria cuando más hubiera podido aterrarme; cuando Margarita se trocó de niña en mujer, y hubiéramos su madre y yo querido rodearla de todos los encantos del mundo.
Una mañana, mi mujer salió y volvió al mediodía con dinero. “¿Qué es esto?”, hube de preguntarle. “Que he encontrado trabajo en un taller”, me respondió. “Alegrémonos todos”. La creí. ¿Era tan buena! Este hecho se repitió dos veces, tres, quince, veinte. Yo estaba ciego; yo tenía una venda, y vi con luz clara. ¡Oh! ¡Qué dolor más hondo y más cruel! Se seca las lágrimas. Margarita, la hija de mi alma, la flor cuya pureza temía yo empañar aun con mi propio aliento, se escapó de mi casa con un hombre. Por grotesca que sea la mueca con que el dolor desfigure más de lo que siempre lo está mi rostro feo, yo les pido que no se rían de mí en este instante. Pídolo, señores, a cada uno, por ese gran cariño que cada uno llevará oculto en su corazón.
Al conocer la tremenda desgracia, salí despavorido a la calle, rastreando loco las huellas de mi hija y dispuesto a hallarla aunque fuera en las mismas entrañas del infierno y a llevarla otra vez conmigo. Un buen camarada con quien me topé, me detuvo con estas palabras: “¿A dónde vas, Juan? Siempre fuiste un pobre demonio. ¿Qué ha de hacer tu hija, respirando el aire que respira en tu casa? Tu mujer te lleva dinero de un taller, y ese dinero no se lo debe a su trabajo, sino a tu deshonra. Pregúntaselo al amo del taller, que la enamora mucho tiempo hace.” Y se echó a reír, y la gente que acaso pasaba también rió, y no faltó quien dijo: “¡Es Juan! ¡Si es Juan! ¡Es el hombre que hace reír!” Yo sentí un frío que me pareció el de la muerte, y una angustia que era la muerte misma; la muerte de algo que se moría dentro de mí. Empecé a andar con rumbo a mi casa; mas no como quien va impulsado por una voluntad, sino como quien va a merced de un aire siniestro. ¡Ay, mi rayo de sol y mi rayo de luna!... Había observado yo que algunas veces, cuando mi esposa volvía del taller, antes de besar a la niña en la frente, con la mano se limpiaba fuertemente la boca como si algo le estorbara en ella para besarla. Y anoche, cuando después de la trágica revelación torné a entrar en mi casa, donde ya no estaba mi hija, hallé a su madre sola… ¡Oh!... ¡qué espanto! La palidez de su semblante aterraba: en sus negros ojos, fijos en mí y agrandados por el estupor, había una ráfaga de demencia; y sus manos, crispadas y convulsas, martirizaban cruelmente sus labios, queriendo arrancar de ellos lo que en ellos no había. “¡Yo fui!, ¡yo fui!” gritó desesperada al verde. “¿Tú? ¿Qué fuiste tú?” “¡Yo fui! ¡yo fui!” “¿Qué fuiste tú?” “Yo fui, me dijo, la que contaminó su frente pura al besarla con mi boca manchada; yo fui la que infiltró en su casta frente pensamientos de vicio. “¡Yo fui! ¡yo fui!” Y seguía con sus manos nerviosas destrozándose y ensangrentándose aquella hermosa boca culpable. ¡Pobre pecadora! ¡La empujó el hambre a la deshonra, y enloqueció por creer que la huella y el germen de sus besos impuros llegaron a contaminar de impureza la divina frente de una niña!...
Ésta es, señores, la historia triste, más triste que todas las historias del mundo, de este pobre hombre que hace siempre reír. Y como ustedes son dichosos y yo no lo soy, y en este momento no se ríen, yo me llevo el consuelo de esta atención piadosa, les dejo con su dicha… y me voy por el mundo en busca de un compañero desventurado como yo, mísero como yo, quien, al oír el cuento de mis tristezas y amarguras, halle en él alivio para las suyas propias y llore conmigo. Buenas noches.
Se retira conteniendo las lágrimas.
Madrid, junio, 1910
N.R. A 100 años no pierde vigencia, las burlas de la sociedad, la culpa y el dolor
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Ricardo Simo Raso, Actor y Director del teatro Cervantes
Serafín y Joaquín Álvarez Quinteros