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Aullido de Allen Ginsberg

He visto a los mejores sementales de mi generación someterse ante el llanto de sus hijos.

He visto a muchos ancianos de mi generación llorar ante la tumba de sus hijos, lo he visto maldecir de la manera más rencorosa posible a su Dios. Los he visto llorar noches y días interminables, mascullando y recriminando a su Dios el por qué se llevó a su hijo y no a ellos. Los he visto deprimirse y abandonar casi cualquier labor o trabajo. Los he visto morir al cabo de unos meses, con los ojos carentes de luz y las energías gastadas en tanto gimoteo y reclamo.

He visto a los más grandes machos, abuelos o cincuentones que alardearon de tener y mantener a más de dos mujeres a la vez llorar ante la tumba de sus hijos.

He visto a muchos hombres de mi edad tener dos, tres o más hijas.

Los he visto después, cuando sus crías ya han alcanzado la adolescencia y los he visto envalentonados y celosos correr a los novios o amigos de las niñas. Los he visto seguirlas preocupados por saber dónde y con quien se juntarán sus pequeñas. Los he visto y escuchado llamar a las amigas de sus hijas para saber dónde se encuentran ya que pasan de las 12 de la noche y de ellas ni sus luces. Los he visto empeñar anillos para comprarles teléfonos celulares y así poder estar en contacto en cualquier momento y ocasión. Lo he visto decirles a sus hijas que si piensan llegar tarde, si van a una fiesta, si se quedan en casa de una amiga o si salen tarde del colegio o el cine les manden un mensaje o les llamen para saber si están bien y con quien andan. Lo he visto apenarse cuando van de compras al lado suyo y las adolescentes eligen bragas diminutas que ellos desean para la mujer con quien cogen en ese momento; los he visto pagar con la tarjeta de crédito, apenados y todo, los tampones de sus hijas. Los he visto, de otro lado, darles tarjetas de débito para evitarse tan bochornosas escenas. Los he escuchado decirme que prefieren que ellas compren los que les plazca.

He visto a infinidad de machos de la generación de mis padres enojados por la noticia de que la hija que va a ser madre soltera.

Los he visto retirarle el habla a la hija durante más de ocho meses y hasta el alumbramiento, los he visto sonreír como verdaderos estúpidos ante el primer nieto, o el segundo o el tercero, no importa que no haya tenido un padre que le diera su apellido. Que el abuelo para eso está, carajo.

He visto a las mejores coños de mi generación parir hijos al por mayor. Jovencitas rozagantes a sus 16, 17 o 18 que, ante el primer gañán con auto (y sin él) que se les acercó, abrieron sin esfuerzo las piernas para a los dos meses darme la noticia de su pronta maternidad. Las he visto, a unas, casarse para guardar las apariencias y al cabo de tres años divorciadas y con dos hijos más.
A otras las he visto solteras desde el inicio de la gestación, orgullosas de ser madres solteras y de poder ellas solas darles a sus hijos la educación que desean. A la gran mayoría las he visto trabajar de sol a sol en trabajos malremunerados, las he visto quejándose y envejecidas a sus casi 30. Las he visto andar en autobuses con hijos, maletas y biberones. He visto a quienes, con más fortuna tienen padres que les cuidan a los hijos y ellas terminan de estudiar una carrera universitaria, la he visto desvelarse estudiando, limpiando, planchando y lavando para al otro día seguir con su ajetreada rutina sin chistar, sin quejarse. Las he visto con dolores de espalda, con el cabello y la piel marchitas, tratando de embellecerse un poco para agradarle a un nuevo conocido, un nuevo compañero de trabajo o un nuevo vecino. Las he visto fastidiadas en un bar, hartas de preocuparse y mantener a sus hijos, pero eso sí, orgullosas de haberle dado primaria, secundaria y hasta preparatoria al producto de su vientre. He visto a estas madres jóvenes salir a reventar los fines de semana, encargando a los hijos con la amiga, la vecina o la suegra y las he visto andar lo mismo de putitas que antes del primer hijo; las he visto arrastrarse ebrias pero felices, besando a uno y otro. Y también las he visto que sólo salen a tomar dos copas, fumar tres cigarrillos, para luego comer unos tacos y llegar a casa temprano, antes que los críos se percaten de su salida.

He visto a otras mendigar dinero a las afueras del metro, en autobuses y terminales y en calles transitadas. Las he visto extender su mano con su hijo en el brazo y la mirada lastimera. Todo para darle de comer a su hijos. Todas ellas por el bienestar de sus inocentes retoños.

He visto a cientos de familiares, amigos, compañeros de trabajo y hasta uno que otro metiche decirme que cuándo tendré un hijo, que a mi edad ya es un imperativo, los he visto decirme que no sé lo que me pierdo, que en el momento de tener al primero en mi brazos el corazón se me ablandará y que entonces no sólo desearé al presente sino a otros tres o cuatro. Los he visto decirme, sí, eso dicen todos, pero ya verás, ya caerás y los he visto repetírmelo año con año durante ya mas de 15 años. Los he visto decirme esto y los he visto a ellos, más jóvenes que yo tener una, dos o tres criaturas. Y me he visto a mí mismo, riéndome de ellos y de sus predicciones que no tendrán lugar. Y me he visto más viejo cada día y a sus hijos los veo crecer e incluso veo a su hijas gustarme y a sus hijas mirarme ya no como el tío.

He visto a padres y madres de todas las generaciones, anteriores y posteriores a la mía bautizar a sus vástagos con nombres ridículos y espantosos. Si los escribiera todos pienso que me saldría un libro como Rayuela de Cortázar.

Desde los aztecoides, pasando por los agringados y afrancesados y pochos hasta los completamente fantásticos. Caramba, ni a George Lucas se le hubieran ocurrido tan distinguidos apelativos para los personajes de sus películas.

He visto a los mejores intelectuales de mi generación tener hijos y adiestrarlos para seguir siendo intelectuales como ellos mismos. Los he visto inscribirlos en escuelas de renombre, basta de UNAM o IPN, que eso no va con ellos. Colegio Madrid, Ibero, ITAM, Tec de Monterrey o universidades de España, Francia, USA o Inglaterra.

He visto a los as jodidos de mi generación esforzarse tanto porque sus hijos no sean del montón que los han inscrito en escuela de renombre falso, pagado colegiaturas exorbitantes. Los he visto en fiestas y reuniones hablando bien de sus hijos de 12 años, de la novela que están próximos a escribir, no ellos, el hijo de 12. Los he visto disertar ante una mesa de alcohólicos las bondades de sus hijos. Los he visto mirar embobados a sus hijos hablar ante un extenso público para ganar el premio de oratoria de la secundaria.

He visto a los artistas de mi generación comprarle a sus hijas los mejores trapos (perdón señores, trapos son los que usan para limpiar la cocina) de Zara o Bershka.

No se crea que por haber visto todo esto tengo envidia. Ninguna señores, ninguna, no tengo hijos que puedan compararse con los suyos, no los tendré. No les daré lo que ustedes les dieron: un apellido para defenderse ante el mundo y un talento innato. Si acaso tuviera uno lo vendería inmediatamente al mejor postor o lo abandonaría en un refugio del DIF o en una alcantarilla que no padeciera inundaciones. Pero no se preocupen, no soy tan desalmado.

He visto a los mejores y más grandes contraculturales de mi generación defenestrar a las instituciones y escribir monumentos, odas, diatribas en contra de la familia, los partidos, los gobiernos, las instituciones; los he leído quejarse, pero al mismo tiempo los he visto defender la paternidad y la maternidad. La suya y la de otros. He leído sus arduas y sesudas argumentaciones tomadas de Cioran en contra de la humanidad, pero los he visto y escuchado abogar por la paternidad. Los he visto decir un día que nunca tendrán hijos y al cabo de unos años decir es el retoño de mi alma y lo educaré para ser un cabrón.

He visto a las más gordas señoras de mi generación pelear unas contra otras por defender el honor de su hijo o hija, golpeado o mancillado por el hijo de otra gorda, ya sea en la primaria o el kinder. Las he visto tupirse a golpes mientras sus hijos se van por ahí a seguir jugando canicas o acariciarse los genitales mientras sus madres se desgreñan a la puerta del colegio o la vecindad.

Me ha tocado padecer a muchos padres que, con el pecho en alto, me han retado a golpes por mirarle el culo o decirle guarradas a sus hijas. He padecido a quienes, amenazadores, llamaron por teléfono a mi hogar para decirle a mi padre o mi madre que su hijo pretendía cogerse a su linda criaturita. Vi a mi propio padre ordenarme dejar de ver a tal o cual adolescente, lo miré sin comprenderlo. Él le pedía a su retoño no desear a una zorra adolescente.

He visto a mis propios padres sobarse el lomo para darle de comer a sus tres hijos, los he chingado, jodido, molestado, fregado y les he gritado y recriminado y no les he obedecido y ellos a cambio me han golpeado, castigado, encerrado, regañado y menospreciado en algún momento de mi vida. Ahora, viejos ambos, me han pedido perdón por haberme golpeado, reprendido, obligado a estudiar y me han pedido perdón por haberme traído al mundo y los he perdonado de todo porque no tengo que perdonarles de nada. A ambos le da orgullo que ahora su hijo viva solo, se pague su renta, escriba tonterías y las publique, haga comerciales de radio o tv, haya viajado por aquí o por allá; pero a los dos les da repeluz el saber que vivo con una mujer 10 años mayor que yo, les asquea saber que su hijo se embriaga casi a diario y se mete cocaína por la nariz.

He visto a mi hermana parir hijos como cerdo en porqueriza, uno un día y otro al siguiente y uno más al siguiente. La he visto pedirme dinero para pagar el parto, ha tratado de venderme aparatos electrónicos para saldar sus múltiples deudas. Ha huido de la ciudad para buscarle a sus hijos un mejor futuro, lejos del smog y la violencia. He escuchado sus llamadas en altas horas de la madrugada para decirme que sus hijos han enfermado, que nuestro padre está convaleciente o que su marido se ha quedado sin trabajo.

La he visto repetir el mismo ciclo que nuestra madre y he visto a sus hijos responderle, groseros, patalearle, desobedecerla, gritarle y mirarla con unos ojos de odio que sólo recuerdo en mí cuando tenía doce años. He visto a sus hijos embotados ante la televisión o el play station, los he visto lloriquear para que se les cumplan sus caprichos y he visto a sus padres gritarles que no o bien los he visto acudir presurosos al centro comercial y comprar a crédito decenas de baratijas que, una vez fuera del almacén, alcanzan la vida que un pedo tiene en el culo.

He visto a grandes borrachos terminar llorando, dolidos por el amor perdido de sus hijos, por el asco de persona en que ellos mismos se han convertido, atribulados por no saber si el día de mañana podrán ver a sus hijos a la cara mientras sobre los pantalones se les derrama la orina. Los he visto ante mesas de cientos de bares con los ojos vidriosos decir orgullosos que sus hijos nunca serán como ellos, que sus hijos no serán débiles, que serán más cabrones que ellos. Los he visto golpearse el pecho como simio para afirmar que sus hijos son el orgullo de su vida, lo único bueno que hicieron en toda su miserable vida. Los he visto a uno y otro y otro repetir las mismas palabras de siempre. Cuando veo a uno nuevo pienso que es el mismo que vi hace más de 10 años en una cantina o que es el mismo de hace una semana. Tan patéticos ellos.

He visto a decenas de putas ejercer su oficio para llevarle un mendrugo a su hijo y las he visto que cogen y cogen porque el dinero y lo que se pueden comprar con él no se los daría ningún oficio, ninguna profesión. He visto putas cincuentonas, fofas y arrugadas, que siguen puteando para llevarle el alimento a su nieto. Las he escuchado quejarse de que sus hijas decidieron seguir el mismo rumbo que ella pero con menos suerte. La he visto paradas de día y noche, tejiendo chambritas para completar el gasto o para cubrir al nieto del frío.

He visto a cuarentones, casi cincuentones tener a su primer hijo al lado de una veinteañera. Esta clase de tipos tiene la sonrisa más estúpida que haya visto en mi vida. Caminan pavoneándose por parques y centro comerciales, empujando una carreola, tomados de la mano de una bella mujercita que finge ser feliz al lado del abuelo que tiene por marido. Los he visto vestir pantalones Zegna o Adolfo Domínguez, con polos de Scappino o camisas Boss y zapatos Paco herrero o Pradillo, con relojes Hublot o Rolex o Cartier en la muñeca. Lo he visto, en fin, caminar presumiendo a los demás pobres hombres que no son de la misma calaña, y a todos en conjunto yo les he visto la misma asquerosa, ridícula sonrisa que a un padre de 18, de 30 o 50.

Dios bendiga a todos los hijos de los hombres y mujeres de buena voluntad.

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“Aullido”
“En el camino” y “Aullido”(“Howl”) de Allen Ginsberg son los textos fundacionales del fenómeno Beat. “Aullido” es un largo poema escrito para ser leído. El 2 de septiembre de 1956 el New York Times describía al poema como una fuerza social tangible, donde los oyentes gritan e interrumpen la lectura. Es una poesía que pide la participación activa y emocional del público. Esto se va generalizando en sótanos, cafés e incluso en las Universidades. Muchas veces se acompaña de música. El lenguaje es directo, sin ambigüedades, escrito en argot, procaz. La influencia del jazz se patentiza con el aliento en la medida poética, básicos para el saxo y la trompeta. Son versos largos, que encuentran su límite en el aliento.

Durante la lectura se tomaba, se drogaban, y así lograban llegar a un estado de trance. Ginsberg al leer a veces improvisaba, cambiaba palabras, sacaba o agregaba versos.

“Aullido” fue un poema de larga gestación. Su origen data de 1948, en Harlem.

Hay una ruptura definitiva con la poesía académica (poema cerrado a influencias externas). Ginsberg rompe con todos los cánones, al escribir una poesía abierta, autobiográfica, de proceso, con una versificación en base al aliento, un desprecio por las leyes gramaticales, de tono confesional.

Lo cierto es que “Aullido” provocó un escándalo literario, social y legal. La primera edición fue publicada en Inglaterra. Tuvo un largo juicio por inmoralidad, del cual finalmente fue absuelto y promovió a la generación Beat. El título apunta a un largo grito que surge cuando se deja aflorar la rabia, la desesperación y la energía.

El poema se divide en cuatro partes. La primera, que era el poema completo en su origen, habla de la persecución que sufren los jóvenes en su búsqueda de una realidad trascendental. La idea que está detrás del poema es del poeta Blake: “El exceso lleva a la sabiduría”.

Está dedicado a Carl Solomon, a quien conoció cuando estuvo internado en el Instituto Psiquiátrico de Nueva York. Dice Ginsberg: “En 1948 estuve en un hospital para enfermos mentales, como resultado de un arresto relacionado con hierbas y coches robados -un jodido arresto, típico universitario-(…) El día que entré con todos mis bultos conocí a este tío maravilloso que acababa de salir de un electrochoque (…) Carl Solomon me preguntó quien era (…) así que dije “Soy el Príncipe Myshkin (un personaje santo de El idiota). Y él dijo:”Soy Kiriloff” (un duro nihilista de El endemoniado). A ese paso llegamos a un curioso entendimiento (…) Todavía es amigo mío y estuvo aquí hace un mes”.

Así comienza “Aullido”:

“He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientos, histéricos, desnudos, arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca de una dosis furiosa…”

El hambre es real y espiritual. Las líneas de este poema no son un despropósito, sino que tienen una base autobiográfica. Los versos cuentan anécdotas reales, de personas reales. Quien se arrastraba por las calles era H. Huncke.

“quienes desnudaron sus sesos al Cielo bajo el elevado del metro y vieron ángeles mahometanos tambalearse sobre los techos de las viviendas iluminadas…” alude al poeta Philip Lamantia.

“quienes se encogieron acobardados y en ropa interior en habitaciones sin afeitar quemando su dinero en papeleros y escucharon el terror a través de la pared…”, Carl Solomon

“quienes mordían a los detectives en el cuello y chillaban con deleite en los patrulleros por ningún otro crimen que su propia pederastia e intoxicación cocinadas en un caldo salvaje…” los homosexuales

“quienes mamaron y fueron mamados por esos serafines humanos, los marineros, caricias de amor del Atlántico y del Caribe…” Hurt Crane

“quienes lanzaron sus relojes desde el tejado para emitir su sufragio por una Eternidad fuera del  Tiempo, & cayeron despertadores sobre sus cabezas fecha tras fecha de la siguiente década…”

“quienes saltaron desde el Puente de Brooklin esto realmente sucedió y se alejaron caminando desconocidos y olvidados…” En 1945 una muchacha, Turi Kupferberg, saltó desde el puente y fue rescatada. En este verso hace un comentario parentético, de la literatura oral (esto realmente sucedió).

Esto es sólo una selección al azar de los 78 versos de la primera parte, pero basta para dar una idea del extenso poema.


La Nota al Pie del poema la escribió posteriormente para contrarrestar a la crítica que lo acusaba de ser un poema pesimista. Comienza repitiendo la palabra “Sagrado” quince veces.

“¡Todo es sagrado! ¡Todos son sagrados! ¡Todo lugar es sagrado! ¡Cada día es una eternidad! ¡Todo hombre es un ángel!

Todo es sagrado: la máquina de escribir, el poema, la voz, los oyentes, el éxtasis… Kerouac, Huncke, Burroughs, Cassady, los desconocidos mendigos...

“¡Sagrado el gimiente saxofón! ¡Sagrado el Apocalipsis bop! ¡Sagradas las bandas de jazz, marihuana hipsters la paz peyote pipas y tambores!

Lo que ellos hacen es una revolución musical, poética, que cambia toda una mentalidad. Termina diciendo:

“¡Sagrada la bondad, sobrenatural extra brillante inteligente del alma!

Fuente: http://www.elforolatino.com/f183/allen-ginsberg-aullido-17355/