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Estoy hablando de pequeños tiranos diarios: madres, padres, hijos, compañeros de trabajo o estudios, hermanos y toda una pléyade de gente desconsiderada que busca sí su lugar pero yuxtapuesto al de otros, entonces hay que pisar, enterrar, arrancar, humillar y desnudar.
Echar por cara errores, no cometidos algunos, otros apenas planeados, pero la consigan es: destruir.
Es tan reconfortante decir lo que en lugar de otra persona hubieran hecho, comentar con lujo de detalles escabrosidades de vidas ajenas.
Mofarse de las caídas de otros, tal vez atenuando las propias.
Piensan que son lo mejor, que si gozan de cierto desahogo económico, posición social, es simplemente una justicia natural que merecen.
Pero a tierra con aquello de que el abolengo o nobleza nace con cada uno. No hablo de dinero o status, sólo de hombres normales, burgueses diría con “un pie” encima de otro par.
Lo mío no es rebelión ni mucho menos revolución.
Es dolor, dolor de ser humano, encallecido, no por trabajo, por sufrir apenas lo justo y necesario para merecer un puesto en el infierno de la vida.
Pero adelante, no todo es pesimismo, porque cuando éste mi penoso ser humano cae, cuenta - sé bien que cuenta - con la bendición de quienes hicieron caer tal coloso, porque nos “bendicen” con su lástima, último recurso del tirano.
Es desnudar el alma del pobre y atormentado ser humano, lo que un gran dramaturgo italiano - Pirandello - quiso hacer, pero al revés, vistiendo al desnudo en unas de sus obras.
Se desnuda un alma dejándola al descubierto frente al dolor, al desconfiar de una persona, al desafiarla, por si no lo entienden cuando se le ataca lo más querido: su orgullo.
Al echarle en cara sus fracasos, sus años, el peso de sus enormes años, ¿No entienden?
Rasgando Desnudos
por Patrizia D’Ambrosio
Editorial